CONVERSIÓN A JESUCRISTO
1. ¿Es posible la conversión?
¿Es posible, en estas circunstancias, alguna innovación? ¿Es posible otear en el horizonte algún camino? ¿Qué trasformación es posible y necesaria? ¿Puede el cristianismo encontrar en su interior la fuerza espiritual que necesita para desencadenar la conversión a Jesucristo? ¿Volverá la Iglesia a experimentar una vitalidad semejante a la de las primeras generaciones cristianas? ¿Cómo? ¿A qué precio? ¿A través de qué despojos y qué crisis? En pocas palabras, ¿es posible movilizar las fuerzas dentro de la Iglesia actual para impulsar la conversión que necesita?
Hemos de decir con dolor que el pesimismo parece estar creciendo en estos momentos. Sólo señalaré dos testimonios recientes y muy significativos.
El primero es del conocido teólogo francés, J. P. JOSSUA O.P.: Dice así: Desde hace siglos "la Iglesia católica está inevitablemente mal construida... Se puede luchar en el interior para hacerla evolucionar lo más posible, gestionar espacios de libertad, dar responsabilidad, pero es una ilusión creer que se puede verdaderamente cambiar la estructura de la Iglesia... Hemos tenido un papa evangélico, hemos tenido un concilio extraordinario... y luego vemos cómo todo vuelve a lo mismo... Todos esos estadios antiguos, creo que son estructurales. Pero hay que vivir ahí dentro, porque está el evangelio, porque está el Espíritu, e intentar ayudar a encontrar su libertad. Pero eso no significa que podamos reformar por mucho tiempo un sistema tan cimentado, aunque tenga figuras...".
La idea que parece estar en el trasfondo del teólogo francés es que los dieciséis siglos transcurridos desde "el giro constantiniano" hasta nuestros días han consolidado una estructuración de la Iglesia que es prácticamente imposible cambiar. Se podrán obtener algunos logros positivos de libertad, corresponsabilidad, creatividad... en el interior de esa Iglesia "mal construida", pero el movimiento de seguidores de Jesús está lastrado definitivamente por esa "mala construcción" que no puede ser cambiada.(2)
¿Hemos de resignarnos realmente a que esta Iglesia no pueda ser construida de una forma más fiel a Jesús y a su proyecto del reino? ¿Esta Iglesia, tal como está hoy construida ha de permanecer inmutablemente de manera perpetua en los siglos venideros?
Otro testimonio significativo es el del cardenal de Milán, CARLO M. MARTINI, desde su retiro de Jerusalén. A lo largo de su entrevista recogida con el título de "Coloquios nocturnos en Jerusalén" aparece constantemente el coraje, la audacia y el espíritu abierto del Cardenal. He aquí algunos ejemplos: Jesús "lucharía con los actuales responsables de la Iglesia y les recordaría que su tarea abarca el mundo entero. Les recordaría que no deben estar cerrados sobre sí mismos, sino mirar más allá de la propia institución". "Les daría muchos ánimos, puesto que muchas cosas suceden hoy en día a causa del miedo" (p.42). "El Concilio se expuso con valentía a las preguntas de la época. Entró en diálogo con el mundo moderno tal corno es, sin cerrarse por temor" (p.160). "Lo más importante es que desaparecieron los miedos y los prejuicios" (p.162). "Ciertamente existe hoy la tendencia a apartarse del Concilio" (p.159). Pero "la Iglesia necesita reformas internas. La fuerza de renovación tiene que venir desde dentro" (p.170).
Sin embargo, al hablar de cómo está viviendo el momento actual, el Cardenal hace esta confesión: "Antes tenía sueños sobre la Iglesia. Soñaba con una Iglesia que recorre su camino en la pobreza y la humildad, con una Iglesia que no depende de los poderes de este mundo. Soñaba con que se extirpara de raíz la desconfianza. Con una Iglesia que diera espacio a la gente que piensa con más amplitud. Con una Iglesia que diera ánimos, en especial a aquellos que se sienten pequeños o pecadores. Soñaba con una Iglesia joven. Hoy ya no tengo más esos sueños. A los 75 años me decidí a orar por la Iglesia".(3)
El testimonio más reciente es el de PEDRO CASALDALIGA, obispo emérito de Matogrosso (Brasil), que ha reaccionado en una Circular difundida el mes de febrero de 2009, afirmando que la renuncia de Martini a seguir soñando "no es, no puede ser, una declaración de fracaso, de decepción eclesial, de renuncia a la utopía". Hemos de seguir soñando con la "otra Iglesia posible" al servicio del "otro Mundo posible". Y el cardenal Martini es un buen testigo y un buen guía en ese camino alternativo.
Casaldáliga recoge sus sueños sobre la Iglesia en estas palabras: "Como Iglesia queremos vivir, a la luz del Evangelio, la pasión obsesiva de Jesús, el Reino. Queremos ser Iglesia de la opción por los pobres, comunidad ecuménica y macroecuménica también. El Dios en quien creemos, el Abbá de Jesús, no puede ser de ningún modo causa de fundamentalismos, de exclusiones, de inclusiones absorbentes, de orgullo proselitista. Ya basta con hacer de nuestro Dios el único Dios verdadero. `Mi Dios, ¿me deja ver a Dios?'. Con todo respeto por la opinión del Papa Benedicto XVI, el diálogo interreligioso no sólo es posible, es necesario. Haremos de la corresponsabilidad eclesial la expresión legítima de una fe adulta. Exigiremos, corrigiendo siglos de discriminación, la plena igualdad de la mujer en la vida y en los ministerios de la Iglesia. Estimularemos la libertad y el servicio reconocido de nuestros teólogos y teólogas. La Iglesia será una red de comunidades orantes, servidoras, proféticas, testigos de la Buena Noticia: una Buena Nueva de vida, de libertad, de comunión feliz. Una Buena Nueva de misericordia, de acogida, de perdón, de ternura, samaritana a la vera de todos los caminos de la Humanidad. Seguiremos haciendo que se viva en la práctica eclesial la advertencia de Jesús: `No será así entre vosotros' (Mt 21, 26). Será la autoridad servicio. El Vaticano dejará de ser Estado y el Papa no será más Jefe de Estado. La curia habrá de ser profundamente reformada y las Iglesias locales cultivarán la inculturación del Evangelio y la ministerialidad compartida. La Iglesia se comprometerá, sin miedo, sin evasiones, en las grandes causas de la justicia y de la paz, de los derechos humanos y de la igualdad reconocida de todos los pueblos. Será profecía de anuncio, de denuncia, de consolación. La política vivida por todos los cristianos y cristianas será aquella 'expresión más alta del amor fraterno' (Pío XI)”.(4)
2 .1 Volver a Jesús, el Cristo
Se puede decir que el giro que necesita el cristianismo actual, la autocorrección decisiva, el cambio básico consiste sencillamente en volver a Jesucristo: centrarse con más verdad y fidelidad en su persona y en su proyecto del reino de Dios. No es exagerado decir que esto es lo que puede marcar de manera decisiva y positiva el futuro del cristianismo. Esta conversión más radical a Jesús, el Cristo, es lo más importante que puede ocurrir en la Iglesia los próximos años.
Muchas cosas habrá que hacer, sin duda, en estos momentos, pero ninguna más decisiva que impulsar esta conversión. Juan Pablo II se expresaba así a comienzos del siglo veintiuno: "No nos satisface la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No. No será una fórmula la que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: "Yo estoy con vosotros".
Esta conversión no es un esfuerzo que se le pide a la Jerarquía, una aportación que se les ha de exigir a los religiosos/as, a los teólogos o a un sector concreto de la Iglesia. Es una conversión a la que está llamada hoy toda la Iglesia. Una conversión "sostenida" a lo largo de los próximos años, que hemos de iniciar ya las generaciones actuales y que hemos de transmitir a las generaciones futuras. Después de veinte siglos de cristianismo, el corazón de la Iglesia necesita conversión y purificación. En unos momentos en que se está produciendo un cambio cultural sin precedentes, la Iglesia necesita una conversión sin precedentes. La Iglesia necesita un "corazón nuevo" para engendrar de manera nueva la fe en Jesucristo en la cultura moderna: un corazón capaz de responder con más verdad a su único Señor.
Sin esta conversión a Jesucristo, no es posible entrever el futuro que le espera al cristianismo entre nosotros. Es conocido el texto apasionado del P. Henry Lubac en su Meditación sobre la Iglesia: "Si Jesucristo no es su riqueza, la Iglesia es miserable. Es estéril si el Espíritu de Jesús no florece en ella. Su edificio es ruinoso, si Jesucristo no es el arquitecto y su Espíritu no es el cimiento de las piedras vivas con las que ella se ha de construir. No posee hermosura alguna si no refleja la única hermosura del Rostro de Jesucristo y si no es el Árbol cuya raíz es la Pasión de Jesucristo. La ciencia de la que ella se engríe es falsa y falsa también la sabiduría que la adorna, si no se resumen la una y la otra en Jesucristo... Toda su gloria es vana, si no se la pone en la humildad de Jesucristo... Su mismo nombre nos es extraño si no nos evoca enseguida el único Nombre dado a los hombres para su salvación. Ella es nada, si no es el sacramento, el signo eficaz de Jesucristo.”(5)
Cuando hablamos de "volver a Jesús", no estamos hablando de un aggiornamento, una puesta al día, una adaptación a los tiempos de hoy. Algo, por otra parte, absolutamente necesario si la Iglesia quiere cumplir su misión hoy. Estamos hablando de "conversión a Jesucristo". Volver al que es la fuente y el origen de la Iglesia. El único que justifica su presencia en medio del mundo y de la historia. Dejarle a Jesús ser él en la Iglesia. Dejarle al Dios encarnado en Jesús ser el único Dios de la Iglesia, el Dios amigo de la vida y del ser humano. Sólo desde esa conversión será posible el verdadero "aggiornamento", el servicio evangelizador al mundo de hoy.
"Volver a Jesús" no es tampoco un esfuerzo de reforma religiosa. Cuando muchos han olvidado lo esencial, cuando ya es difícil captar en el centro del cristianismo el seguimiento a Jesús como tarea primordial, cuando la compasión no ocupa un lugar central en el ejercicio de la autoridad religiosa ni del quehacer teológico, cuando el movimiento de Jesús no está centrado en el objetivo del reino de Dios, lo que se necesita no es una reforma sino una verdadera conversión al Espíritu de Jesús. De hecho se puede vivir correctamente como miembro de la religión cristiana a un nivel en que no parece necesaria o, al menos, no se exige una conversión real a Cristo como inspirador de una vida de "discípulos" y "seguidores". Mientras no sepamos hacer con Jesús algo más que una "religión", el cristianismo no estará desarrollando todas sus posibilidades como movimiento llamado a profundizar y actualizar la lucha por el reino de Dios inaugurada por Jesús. Por eso, el cambio que necesitamos para que no quede todo reducido a una religión encerrada en sí misma y en su pasado es una conversión y una renovación espiritual sin precedentes.
Volver a Jesús es mucho más que introducir cambios en la celebración ritual de la liturgia o innovaciones en la organización pastoral. Naturalmente, todo esto es necesario y no se debería demorar o retrasar más, pero la conversión a Jesucristo no se limita a reformas litúrgicas introducidas por los especialistas ni a readaptaciones de la acción pastoral ensayadas por los expertos. La renovación espiritual que necesita hoy la Iglesia no va a brotar sólo de una práctica más digna y adecuada de los sacramentos ni de una acción pastoral más realista y mejor coordinada. Menos aún, si ni siquiera se pueden ensayar modestas innovaciones sin levantar recelos, resistencias y hasta condenas de quienes pretenden evangelizar el mundo de hoy desde el pasado. Necesitamos una conversión a Jesús a un nivel más profundo. Volver a las raíces, a lo esencial, a lo que Jesús vivió y contagió. Es necesario que quienes vayan impulsando las reformas necesarias sean "testigos" de Jesús que reproduzcan hoy su vida y su mensaje porque están acogiendo la fuerza del Espíritu. Así se dice en los Hechos de los Apóstoles: "Vosotros recibiréis la fuerza (dynamis) del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos (martyres) en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra". Necesitamos "mártires" de Jesús que, llenos de Espíritu, introduzcan en la Iglesia una nueva "dinámica", la de Jesús.
Si lo esencial se ha ido olvidando poco a poco, ya no basta un retorno a las fuentes tal como se utilizaron en otros tiempos. Es necesario volver a la experiencia fundante, enraizar a la Iglesia en Jesucristo como única fuente de nuestro ser, la única verdad de la que nos está permitido vivir y crecer. La Iglesia necesita abrirse hasta adonde sea posible al Espíritu siempre vivo de Jesús que le permita y la impulse a vivir su misión de manera creativa y no desde unas estructuras que le dictan para siempre el camino a seguir. Necesita vivir de la Presencia del resucitado que le ayude a reengendrarse hoy, y no sólo someterse a unas leyes que la modelan desde fuera. Necesita vivir de la llamada de Jesús que la atraiga interiormente a ser nueva en cada momento histórico y no sólo atender órdenes y directrices que le impongan desde fuera cómo estar en estos tiempos. Por eso, no basta poner orden en la Iglesia ni mejorar el funcionamiento eclesiástico. La conversión a Jesucristo exige búsqueda incesante para descubrir y revivir lo esencial del evangelio como algo siempre nuevo.
Por otra parte, la conversión a Jesús es mucho más que una adhesión doctrinal o cultual a Jesús. No basta con adherirse a una doctrina cristológica ni con profesar a Jesús como Mesías e Hijo de Dios en la liturgia. En la conversión es determinante el seguimiento vital a Jesús y la comunión mística con su persona.
A lo largo de los siglos, por razones históricas y contingentes que no podemos exponer aquí, Jesús ha quedado "objetivado" en conceptos doctrinales y fórmulas dogmáticas. Esta objetivación doctrinal ha favorecido en el curso de la historia de la liturgia una "objetivación cultual" que ha ido convirtiendo cada vez más el culto en veneración solemne del poder y la gloria divina de Jesús. De manera inconsciente y sin pretenderlo, el cristianismo ha ido encerrando a Jesucristo en un "relicario" doctrinal y cultual que no facilita, sino obstaculiza la comunión viva y personal con Jesús". Volver a Jesús significa liberarlo de esa fijación doctrinal y cultual en la que se encuentra prisionero, para promover el seguimiento al Jesús vivo y concreto de Galilea y la comunión con el Crucificado resucitado por el Padre, que pervive hoy en su Iglesia(6).
Con frecuencia se piensa que basta el Magisterio oficial de la Iglesia para que, custodiando fielmente el "depósito de la fe" y controlando doctrinalmente a los fieles, impida que el pueblo pierda su identidad cristiana. Se olvida el "magisterio interior" de Cristo, absolutamente necesario, para que su Espíritu perviva en la Iglesia. Es necesario recuperar a Cristo como Maestro interior: "Vosotros no os dejéis llamar 'maestro', porque sólo uno es vuestro Maestro y todos vosotros hermanos". No es suficiente el desarrollo dogmático ni el control magisterial para conducir al cristianismo a la verdad esencial y vivificadora de Jesucristo. Es necesario recuperar a Jesús como `facies veritatis" (San Agustín): el rostro de la verdad hecha vida humana. La Iglesia necesita ser mirada e interpelada por este Rostro de Jesús. Y es necesario no olvidar la acción del Espíritu Santo al que es necesario acoger: "Cuando venga el Espíritu Santo de la verdad, os iluminará para que podáis entender la verdad completa... todo lo que el Espíritu os dé a conocer, lo recibirá de mí". Esta acción del Espíritu Santo es la que puede conducir al cristianismo hacia la "verdad completa" que se nos muestra ya en el rostro de Jesús. Esta verdad completa es mucho más que asentir a una doctrina. Es irradiar a Dios, Amigo de la vida y Padre de todos, como lo hacía él; asumir la responsabilidad del reino de Dios en el mundo como él; ocuparse y preocuparse del sufrimiento de los dolientes como lo hacía él; vivirlo todo desde la compasión de Dios como él.
>>> Siguiente