1. Caracterización de Blondel
Blondel cumplió ese propósito más adelante, en un largo escrito publicado en Annales de Philosophie Chrétienne (1910). Urs von Balthasar (en el artículo que citaremos después) considera que ese escrito es «la descripción más aguda e insuperable del síntoma y del diagnóstico».
Resumamos ese diagnóstico:
1.- Al cristianismo abierto le pertenece «la conciencia del entrecruzamiento de toda la realidad histórica, y la necesidad de introducirse en su interior mediante una acción de atrevida solidaridad, para experimentar la realidad histórica en su dinamismo terreno». Frente a eso, la mentalidad integrista piensa que «se puede agotar la realidad en conceptos abstractos, fijos e inalterables, de modo que basta con actuar teniendo ante los ojos ideas rectas para, de ese modo, mover rectamente el mundo».
Del punto de partida cristiano se sigue que «también naturaleza y gracia están entreveradas. Y que hay caminos en Dios que van también de abajo arriba y conducen a los hombres de buena voluntad, aunque se hallen fuera de la Iglesia». En cambio, para el integrismo «la revelación es primariamente un sistema de conceptos doctrinales que, por definición, no pueden ser hallados de antemano en ninguna parte del mundo de los hombres. De ahí que sólo pueda ser ofrecida a los fieles, para su aceptación pasiva, por una autoridad eclesiástica puramente descendente».
2.- De este punto de arranque del integrismo (al que Balthasar calificará como «racionalista y extrinsecista»), Blondel saca las siguientes conclusiones:
- a.) Regresión del mensaje cristiano a mera ley del temor y de la coacción, en lugar de la ley del amor que libera al alma: «en nombre del Señor se ejerce un rigor que Él jamás hubiera usado; y hasta se le hiere tal vez a Él mismo, con el pretexto de cederle la palabra y de dar con su enemigo». Por eso, el ciego conformismo exigido de los súbditos es para Blondel «la más radical perversión del Evangelio que pueda concebirse». (Aludiendo a problemas de su época, nuestro autor añade que esa exigencia se presenta como antimodernismo, pero sólo es un «veterismo» no menos criminal). De ahí se sigue naturalmente:
- b.) Una Sacralización del poder. Según Blondel el integrismo tiene «una lógica inexorable»: pues esa clara división conceptual de un reino cerrado de la naturaleza y otro igualmente cerrado de lo sobrenatural, que domina de arriba abajo, exige de los representantes de este último «identificarse a sí mismos con la verdad revelada o, mejor: identificar la verdad revelada consigo, a fin de conseguir, a fin de cuentas, una teocracia de corte puramente humano». Añade el filósofo francés que «aunque esto lo nieguen persistentemente, lo practican sin embargo continuamente».
- c.) Añádase la convicción de vivir en perpetuo estado de sitio. Ello exige una disciplina de guerra: obediencia ciega y supresión de los indóciles. Ya no se trata de aquello de la parábola de Lucas (14,23): «oblígalos a entrar», sino de obligarlos a salir. Su imagen conductora es la de la "cruzada", en favor de los derechos del poder eclesiástico: «mientras el Señor dejó antaño a las 99 ovejas fieles para correr tras la perdida que era sólo una, hoy quieren muchos quedarse junto a la única fiel que queda, para atarla aún más fuerte »... mediante esa pequeña tropa de élite de los «sacristanes soldados». Entonces la humanidad se convierte en «silla gestatoria del poder espiritual, el cual lo da todo sin recibir nada y, por eso, impone su don como un derecho que debe hacer valer: por la coacción».
N.B. Muy pocos años después, los trágicos episodios de La Sapinière, una especie de dictadura argentina que actuó secretamente en la Iglesia denunciando y preparando condenas durante el pontificado de Pío X (que la subvencionaba con 1000 francos mensuales), confirmaron con los hechos ese diagnóstico, como si lo hubieran leído. Lo que queda por estudiar es hasta qué punto se trata de algo, inevitable desde la estrecha vinculación cristiana entre Dios y la historia, o si se trata de un rasgo de la psicología humana que podrá darse en otras mil situaciones, echando mano siempre de los valores más respetables de cada cultura (fundamentalismos islámicos, cruzadas bushianas por la democracia etc. etc.).
2. Comentarios de Urs von Balthasar
En 1963, en la revista austriaca Wort und Wahrheit (Palabra y verdad), Balthasar publicó un comentario al escrito de Blondel (pág. 737-744), del que citamos también algunos párrafos:
El integrismo domina allí donde la Revelación es caracterizada primariamente como un sistema de frases verdaderas que hay que creer, presentadas desde arriba y donde, en consecuencia, se pone la forma por encima del contenido y el poder por encima de la cruz.
Por eso el integrista «tiende por todos los medios, públicos o privados en primer lugar al poderío político social de la Iglesia con el fin de predicar desde tales ciudadelas y púlpitos conquistados... ¡las bienaventuranzas y el Calvario! Aunque ese “en primer lugar” parece sólo táctico, esconde en realidad una primacía también valoral, consciente o inconsciente. El valor-meta queda infaliblemente a remolque del supuesto valor de medio (dinero, poder terreno, organización...), cosa inevitable cuando ese valor-meta es precisamente el Amor Crucificado».
«Se comprende así por qué el integrismo trabaja tan perfectamente, y tan a gusto, en la sombra. Hablando en general ¿qué motivos podría haber para justificar algo como secreto en medio del pueblo de Dios»?... Aunque Balthasar reconoce que, hacia fuera, cabe en la Iglesia una cierta «disciplina del arcano», en cambio «dentro de la Iglesia debería reinar por todas partes una luminosa transparencia para con los creyentes. Lo que fundamentalmente es secreto para la inquisición romana de hoy [NB. el Santo Oficio de 1963] proviene de los tiempos del estrecho entrecruzamiento entre el poder mundano y espiritual... No necesita explicación el que los integristas se adhieran siempre estrechamente al Santo Oficio, que suelan ser apasionados canonistas y entiendan a la Iglesia en correspondencia con ello. Sin embargo... ¿qué es lo que, por lo general, puede y debe ocultarse? Sólo acumulaciones de poder mundano que, sin duda, quieren trabajar en beneficio del Reino de Dios pero en las tinieblas».
En contraposición, arguye Balthasar que de lo que se trata no es de «empujar a la Iglesia fuera del mundo o de espiritualizarla en un espacio sacral y vacío, sino de hacer prevalecer la auténtica espiritualidad de Jesucristo, con el “poder” que le es propio: “no con elocuente sabiduría, para que la Cruz no quede desvirtuada” (1Cor 1,17). Por eso, lo primero que hay que preguntar a los integristas es simplemente por su espiritualidad».
En resumen: el integrismo «se esfuerza por reproducir de manera nueva, y dentro de la Iglesia, la antigua alianza entre el poder espiritual y el poder mundano. A partir de aquí se entienden los constantes acercamientos entre el integrismo eclesiástico y el totalitarismo político (en la época de la Restauración, en la Action Française y en algunos institutos seculares recientes)».
3. Una última cita de Y. Congar
Este autor escribe, tomando una fórmula de Newman:
De este modo, el propio juicio sustituye al de la Iglesia, se arroga uno el derecho de medir la comunión católica con arreglo a los límites de la propia estrechez cuando no son (dicho más sencillamente) los límites de la propia ignorancia. Finalmente, hay en el integrismo una falta de confianza en la verdad, un amor insuficiente a la verdad, que no llega a reconocerla y a honrarla en sus realizaciones relativas.
Bien rezaba santa Catalina de Siena: «Señor, dilata mi alma». Conclusión
Nada de lo dicho por los autores citados pretende sugerir que no exista una verdad cristiana y que no estemos obligados a guardarla. Sólo sugieren los textos que la visión inquisitorial es una de las mayores falsificaciones de esa verdad cristiana: el integrismo es una manipulación del cristianismo al servicio de la propia necesidad de seguridad, o del propio afán de poder (religioso, político o económico).
Es en este sentido profesión de fe en un dios falso, una forma de idolatría, merecedora de la respuesta de Jesús:
«No sabéis de qué espíritu sois» (Lc. 9,55).
Para reflexionar
Sería útil, en primer lugar, analizar algunos de los integrismos que creemos conocer y ver cómo se dan en ellos los rasgos descritos en este Papel.
En segundo lugar: los dos últimos autores citados aplican también el integrismo descrito a algunas formas progresismo (según aquello de que «los extremos se tocan»). También iría bien analizar algunas formas de progresismo para ver hasta qué punto se cumplen en ellas esos mismos rasgos.
