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Homosexualidad

Permítasenos decir aquí algo de aquellos en quienes el amor no puede orientarse al otro sexo, sino que se fija en el mismo sexo al que pertenecen. Una deficiente información ha permitido que se formaran a este respecto una serie de ideas falsas que,en su forma general, son injustas.
 
No está en la mano del hombre (o de la mujer) el sentirse o no, atraído hacia el otro sexo. La homosexualidad es de origen desconocido. Entre los que tienen tal predisposición, hay a menudo personas fieles cumplidoras de su trabajo e íntegras. Anhelan en su soledad la amistad; pero, aun dado el caso que hallen una amistad realmente fiel, no pueden realizar plenamente sus aspiraciones humanas.
 
El homosexual se encontrará siempre, en última instancia, con el hecho de que lo sexual en el hombre no tiene su cumplimiento natural sino en el otro sexo (lo cual incluso está patente en el aspecto físico). Quien reconozca en sí mismo la existencia de tendencias homosexuales, debe consultar con un médico, con un sacerdote o con una persona prudente y entendida. Es de esperar que entonces comprenda que la grandeza de una vida humana está en dar y recibir.
 
No hay que sacar falsas conclusiones del rigor con que la sagrada Escritura habla contra la práctica de la homosexualidad (Gen 19; Rom 1). No lo hace para poner en la picota a hombres que, sin culpa suya, son víctimas de esta anomalía. La Biblia se refería a gentes que se dejan contagiar de una moda, extendida incluso entre muchos que podrían tener relaciones normales con el otro sexo.
 
Fuente: Catecismo para adultos.
Conferencia Episcopal de Holanda

 

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