Entre las modalidades de oración mental que se utilizan en la Iglesia de Occidente, hay que citar, en primer lugar, a la que se suele denominar "meditación" —teniendo, con todo presente, que en los textos que hacen referencia, a la tradición de la India, el término meditación por lo común se emplea para significar la contemplación más pura y elevada.
Se trata de un ejercicio, que consiste esencialmente en meditar, en reflexionar acerca de Dios, de su existencia, sus atributos a su amor, en traer a la memoria el recuerdo de Jesús, la Virgen o los santos, llenarse el espíritu con sus pensamientos y ejemplos, tomar conciencia de su vida, espiritual, considerar cómo podría o debería uno servir mejor a Dios y otras matizaciones del mismo género. Desde hace cuatro siglos, en especial, los medios ambientes espirituales y religiosos de la Iglesia latina se han visto saturados de obras técnicas sobre el tema, así como por innumerables modelos de tales meditaciones.
La meditación, así entendida, no, cabe duda de que constituye un ejercicio útil. Con todo, no podemos por menos de pensar que se trata aquí más de una preparación para la oración que de una oración propiamente dicha. Resulta difícil sostener, en efecto, que el fruto de semejante ejercicio sea el ponerle al alma en presencia del Dios vivo. La más de las veces, en realidad, no pasa del plano intelectual, imaginativo o conceptual, y el peligro de su reducción a un puro razonamiento es todavía mayor en aquellos que están consagrados a los estudios filosóficos o teológicos. Ese modelo de meditación pretende, ante todo, establecer en el espíritu unas sólidas convicciones —unas ideas-fuerza, capaces de influir sobre la razón y la voluntad. Al fin, es más una ocupación de la mente en relación con Dios que un esfuerzo definido en pos de la contemplación y la verdadera, oración.
Su eficacia dentro del plano ascético queda, empero, fuera de toda duda. Muchos de aquellos que más han contribuido al crecimiento y desarrollo de la Iglesia en estos últimos siglos, han estado formados en semejante método ¾si bien sigue abierta la cuestión sobre una posible relación entre esta modalidad de oración y el conceptualismo y juridicismo que tanto han hecho padecer a la Iglesia postridentina. También es cierto que ese tipo de meditación puede resultar especialmente oportuno en los comienzos de la vida espiritual. Hasta acaso sea la única senda de oración mental fácilmente accesible a aquellos cuya vida psíquica está dominada por el intelectualismo. Con todo, es muy de temer que semejante meditación siga quedando muy lejos todavía de la vocación real del cristiano —sobre todo, ese suele ser el caso, por desgracia, cuando sus seguidores, por ignorancia o por falta de una dirección competente, se quedan anclados en unos pasos preliminares sin esforzarse por conseguir su evolución hacia una oración más silenciosa y más contemplativa.
Efectivamente, el objeto de la oración no estriba en modo alguno en pensar en Dios, ni en formarse unas ideas acerca de Él, por sublimes que ellas sean. Es de Dios mismo, no de sus signos, de Dios con independencia de todos los velos que lo recubran, de lo que tiene sed el alma por poco que se haya nutrido en el Evangelio y en el Espíritu. Lo que ella ansía descubrir es a Dios en sí mismo, al Dios vivo que se reveló a los patriarcas y a los profetas, al Dios que está oculto en su interior, al Dios que se realiza en la contemplación de los sabios y de los santos.
Con frecuencia la, meditación en cuestión suele evolucionar hacia una especie de oración afectiva que, por mucho que sea del más alto valor, no deja de quedar lejos de su objetivo. Este otro modelo de oración consiste al principio en mezclar las reflexiones con fervientes aspiraciones, invocaciones a Dios y coloquios —como dicen— con el Señor, huésped del alma. Con la práctica y la ayuda de la gracia, la especulación y el trabajo mental van teniendo cada vez menos relevancia, pasando la oración a hacerse progresivamente una simple efusión del corazón respecto a un Dios imaginado en sí o cerca de sí.
Nuevamente nos encontramos aquí con un excelente ejercicio y una preparación más cercana que en el caso anterior a la verdadera oración, siempre que esta oración de afectos no se torne en sentimentalismo y pura palabrería. Jamás se podría recomendar este modelo de manera suficiente, cuando menos mientras el alma no haya descubierto el camino que conduce a la cúspide de la montaña. Resulta de particular utilidad cuando, en razón de las circunstancias, el espíritu se muestra incapaz para recogerse y librarse de las imágenes que le dificultan. Con todo, no hay que olvidar que, en semejante oración, el alma suele entretenerse las más de las veces con las imágenes que ella se forma, de Dios, por ejemplo, con el Niño de Belén sostenido entre los brazos de su Madre o con el Salvador que murió en la cruz hace veinte siglos. Por viva que sea la imagen y por actual que resulte un recuerdo, siempre seguirá siendo el fruto de los esfuerzos de la imaginación. En realidad, con lo que quiero entrar en contacto mediante mi oración no es con esa manifestación pretérita de Jesús, distante tanto en el espacio como en el tiempo, sino que busco entrar en contacto con el Jesús que vive -ahora, que colma mi espacio y mi tiempo para mí, no como un objeto de mi pensamiento o de mi amor, sino como una persona actual que abarca todo mi ser (1). Con quien pretendo entrar en contacto no es con un Dios abstracto y lejano, sino con el único Dios cuya eternidad está presente por entero en cada momento de mi existencia, en mi propio presente a mí. De hecho, siempre estoy con El y en El, en un contacto más íntimo de lo que cualquier imaginación podría representármelo. Eso no obstante, es menester que yo me haga consciente a esa Presencia.
Tales modalidades de oración son como los atrios exteriores del Templo de Yahvé en Jerusalén, el atrio de los Gentiles, el del pueblo. A donde estamos invitados a entrar es al atrio de los sacerdotes, al lugar santo, al interior mismo del "Sancta Sanctorum". Cristo por su muerte sobre la cruz rompió todas las barreras (cfr. Ef. 2,14). Desgarró el velo que cubría la entrada del Santuario (Mt. 27,51; cfr. Heb. 9,11).
En la nueva Ley, todos somos sacerdotes. Ninguno de los hijos de Dios puede sentirse satisfecho si no entra en ese Santo de los Santos. No existe enamorado auténtico que se contente con pensar en aquel al que ama, con contemplar su retrato y mantener diálogos imaginarios con él. Le es imprescindible abrazarlo entre sus brazos, estrecharlo directamente con todo su ser, apretar sus labios contra los suyos propios: "Que me bese con un beso de su boca," —decía la enamorada del Cantar de los Cantares en nombre de todos aquellos que aman a Dios y son amados por El.
Lo más próximo a la oración afectiva es la plegaria de súplica. Nos referimos aquí no a esas fórmulas reiteradas de forma mágica para obtener de Dios lo que deseamos, sino a esa sencilla efusión del alma que le confía al Señor sus preocupaciones, del mismo modo a como el niño descansa en el corazón de su padre.
No hay duda de que dicha oración es muy valiosa. Quien se atreviera a condenarla o incluso a despreciarla, daría muestra de orgullo y falta de fe. ¿No recomendó Jesús a los suyos de forma encarecida la oración de súplica? La misma noche en que celebró junto con ellos su cena de despedida, les volvió a repetir una vez más: "Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa" (Jn. 16,24). La plegaria de súplica supone esencialmente el reconocimiento y la aceptación de nuestra debilidad y de nuestra nada —una nada que sólo el amor puede llenar. Sólo Dios es nuestra fuerza. Sin El, no podemos nada en absoluto, ni siquiera confesar que Jesús es el Señor (1 Cor. 12,3). Una actitud así del alma es ciertamente necesaria ante Dios, por lo que no podemos por menos de promoverla, sobre todo si tenemos en cuenta que dicha oración hace referencia a nuestras necesidades espirituales y a la de toda la Iglesia, así como a las necesidades de todo tipo de nuestros hermanos que viven en el mundo y, sobre todo, de aquellos que sufren más, de los más desgraciados. A pesar de eso, ¿no es cierto que semejante plegaria sigue teniendo el peligro constante de fomentar el repliegue de quien pide sobre sí mismo y de centrarse tanto en las propias preocupaciones temporales y espirituales que los sentimientos de adoración y confianza filial apenas si encontrarán cabida?
De cualquier forma, el presentarle a Dios nuestras necesidades y las de nuestros hermanos constituye un excelente punto de partida para acceder a la oración de contemplación. Eso no obstante, si queremos evitar que dicha, súplica se convierta en un monólogo interminable, será preciso que se purifique, esforzándose sin descanso por pasar -a los planos más interiores. Con el tiempo, la oración de petición no debe ser tanto una manera de informarle a Dios y hacerle saber eso que El conoce mejor que nosotros (Mt. 6,8) cuanto un acto de adoración y esperanza confiada y un total abandono propio de un hijo.
(1) Dios no puede ser un objeto, puesto que es una persona y la relación entre personas no se deja encasillar dentro de ninguna categoría del pensamiento. Sólo el amor es capaz de abrazarlo, tanto en el corazón de Dios como en el del hombre. Por eso mismo —como enseña eh Evangelio— el amor es el único medio que tiene el hombre para entrar en relación auténtica con Dios y con sus hermanos. Por otro lado, tan sólo en la revelación trinitaria es donde el hombre ha sido capaz de recibir la revelación definitiva de su propio misterio, indisolublemente personal y relacional, participación en el misterio personal y relaciona) del propio Dios, aun cuando el cristiano efectúe su propia experiencia más inmediata de la vida trinitaria dentro de su propia vida de relación para con sus hermanos. Tanto en el fondo de cada hombre como en Dios mismo, descansa el misterio fundamental del Yo, y, de hecho, un misterio del Tú fuera del cual ningún Yo podría jamás descubrirse ni proclamarse. No hay conoclmiento reflejo u objetivo capaz de alcanzar ese Yo, sino tan sólo la experiencia de identidad —eso que la tradición upanishádica designa como la experiencia del Yo—. El Tú, sea el de Dios o el de cualquier persona humana —el Yo del otro— tampoco se alcanza por completo sino en la experiencia o conocimiento no reflejo que cada uno posee de sí mismo; de no ser así, jamás ese otro será para mí más que un objeto. Donde saboreo el Yo de mi hermano y, sobre todo el de Dios, es sólo en la intuición de mi Yo.
Henri Le Saux
"Despertar a sí mismo...
...despertar a Dios"
Editorial Mensajero. Pp. 79-84
