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LA ORACIÓN DEL CRISTIANO. (11)Los salmos

El que quiera tener condensada toda la riqueza de actitudes que caracterizan al hombre de oración, no tiene sino echar mano de los ciento cincuenta salmos. Unas veces están dirigidos a Dios, otras veces son meditaciones acerca de Dios. En ellos resuenan lamentos, súplicas, gritos de júbilo y acción de gracias, y hasta maldiciones contra el enemigo. En ellos vemos nuestra seguridad y nuestra incertidumbre. Todo ello en una lengua que, de pronto, nos parece extraña y anticuada (los salmos más antiguos cuentan tres mil años de edad). Pero si nos detenemos un poco, advertire­mos que casi todas las expresiones e imágenes son aún familiares a los hombres de hoy: manos que se tienden para ayudar, ojos que espían, luz que alegra. Los salmos son la colección poética más leída de la humanidad. «Si no tuviera el alivio y consuelo de los salmos, yo me moriría en mi miseria», dijo el poeta Joost van den Vondel.

 
Los salmos fueron compuestos antes de la venida de Jesús; pero eso no los hace inútiles para nosotros. Ya en el Antiguo Tes­tamento se ampliaron y se profundizó más allá de su primera sig­nificación. Jesús los cumplió plenamente y les confirió su más profunda verdad. Ahora podemos nosotros rezarlos con Él, en Él, para Él, a través de Él, referidos a Él. Haz la prueba.
 
En el rezo de los salmos hay veces que, en cinco minutos, no se pasa de tres palabras; otras, los rezamos de corrida. Después de un tiempo, cada uno hallará cinco o seis salmos que le sean especialmente caros y que haga suyos para hablar con Dios. Mu­chos salmos están en primera persona del plural. Y toda la Iglesia reza y canta todos los días los salmos en común. Ello nos recuerda que los cristianos no comparecen nunca en la presencia de Dios sin llevar consigo a los demás.
 

 

Fuente de esta serie de escritos:

"Nuevo catecismo para adultos"

Episcopado holandés.

Editorial Herder. 1969.

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