El que quiera tener condensada toda la riqueza de actitudes que caracterizan al hombre de oración, no tiene sino echar mano de los ciento cincuenta salmos. Unas veces están dirigidos a Dios, otras veces son meditaciones acerca de Dios. En ellos resuenan lamentos, súplicas, gritos de júbilo y acción de gracias, y hasta maldiciones contra el enemigo. En ellos vemos nuestra seguridad y nuestra incertidumbre. Todo ello en una lengua que, de pronto, nos parece extraña y anticuada (los salmos más antiguos cuentan tres mil años de edad). Pero si nos detenemos un poco, advertiremos que casi todas las expresiones e imágenes son aún familiares a los hombres de hoy: manos que se tienden para ayudar, ojos que espían, luz que alegra. Los salmos son la colección poética más leída de la humanidad. «Si no tuviera el alivio y consuelo de los salmos, yo me moriría en mi miseria», dijo el poeta Joost van den Vondel.
Fuente de esta serie de escritos:
"Nuevo catecismo para adultos"
Episcopado holandés.
Editorial Herder. 1969.
