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LA ORACIÓN DEL CRISTIANO. (10)Los caminos de la mística

Con la oración de quietud no acaba el camino hacia una experien­cia de Dios siempre mayor. La contemplación pasa por períodos de luz y oscuridad — toda historia de amor tiene sus altos y bajos — hacia una sencillez cada vez más profunda. El alma siente con fuer­za creciente no ser ella la que obra, sino Dios. Esta manera de orar se llama oración mística, denominación que nada tiene que ver con lo vago y confuso, sino que indica la experiencia de la cercanía del poder y del amor de Dios. La historia nos muestra que una experien­cia mística ha sido a menudo núcleo de irradiación de una actividad amplia y bienhechora. Tal es el proceso que se nos describe en Is 6: una experiencia mística de que brotó la vida entera y el hablar en­tero del profeta. Este capítulo sexto reproduce con imágenes exte­riores el momento inolvidable que es fuente interna de todo el libro de Isaías: el profeta ante el acatamiento de Dios. Y en todas las liturgias de la cristiandad sigue aún resonando, pues en todas las mi­sas de oriente y occidente comienza el canon por el «Santo, santo, santo», de esta experiencia de lo divino.
 
En el curso de la historia de la Iglesia abundan los grandes hom­bres y mujeres que se han esforzado en consignar por escrito las experiencias místicas que recibían. En algunos, como Agustín, Gre­gorio y Bernardo, no parece que esas altas gracias de oración fueran acompañadas de fenómenos extraordinarios; otros, como Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, los experimentaron sin duda; por ejemplo, no ver ni sentir con su propio cuerpo. Los místicos que experimen­tan estas cosas dicen muy poco sobre ellas, y están persuadidos de que lo esencial no está en tales síntomas extraordinarios. Muchas veces los consideran incluso como un obstáculo. Sin duda estos síntomas dependen también de la cultura propia de la época. En todo caso, indican las potentes fuerzas que actúan.
 
Pero lo que los grandes místicos describen como la gracia supre­ma de oración no tiene nunca nada que ver con estos fenómenos. Es de sublime sencillez. Santa Teresa escribió un libro en que el alma está representada por un castillo con siete moradas (la palabra da título al libro: Las moradas). Morada tras morada, se llega a la sép­tima en que mora Dios, es decir, Cristo. Su presencia se percibe en todo el castillo, pero al llegar el alma al centro, inmersa en la pro­pia realidad, se siente toda invadida por el sereno sentimiento de que Dios está en ella. El alma vive dentro de la realidad terrena, que se presenta magnífica ante ella, pues comprende que Dios es el corazón inefable de toda realidad.
 
¿Es siempre la experiencia mística una vivencia individual? Ningún místico se considera desligado del amor a los hombres. Además, la mística florece en un ambiente de piedad, en que hay otros que buscan a Dios por el mismo camino y hablan entre sí sobre sus hallazgos.
 
Rara vez se describen éxtasis en común. San Agustín cuenta en sus Confesiones una intensa experiencia de Dios habida junta­mente con su madre durante su estancia en Ostia, puerto de Roma. 190-191 Si nos remontamos a las fuentes, hallamos experiencias místi­cas multitudinarias en los acontecimientos de Pentecostés. Tam­poco las apariciones de pascua, por muy singulares que sean, deben separarse de la historia de la mística. Al cabo, fueron un 178-179 contacto especialmente perceptible con el Señor resucitado.
 
La mística no va forzosamente de la mano con una gran san­tidad, es decir, con la caridad en su máximo grado. Muchos san­tos no experimentaron los fenómenos místicos; personas, en cambio, menos santas han pasado copiosamente por ellos.
La oración mística no se da únicamente en la Iglesia católica. El capítulo sobre la redención habla del misticismo del islam.
 
Una pregunta aún para terminar: ¿Es también la mística para el hombre y la mujer corrientes? Existen gentes en que, a pri­mera vista, nada llama la atención, fuera de una gran bondad. Puede ser, sin embargo, que Dios les haga merced de tan profunda y serena alegría en su oración, que podrían en realidad llamarla mística, si conocieran el nombre. Pero ¿qué importa el nombre, si se da la realidad?
 
Sine dolore non vivitm in amore: «Sin dolor no se puede vivir en amor.» El que pisa las luminosas alturas de la mística, pasa también por los tenebrosos valles de la duda y casi de la desespe­ración. Y aun el hombre sencillo que camina por las verdes coli­nas de la oración gozosa, ha pasado por llanuras bajas, frías y nebulosas.
 
Orar no es un pasatiempo agradable; el amor es sometido a prueba. No hemos de imaginarnos estas pruebas como algo extra­ordinario. Son a veces de trivialidad desesperante: simple repug­nancia a la oración (junto con algún deseo de ella), sentirse aco­sado en el propio ambiente o envuelto por la duda y la melanco­lía. Cantemos en tales casos: «Aunque hubiera de andar por los valles sombríos de la muerte ningún mal temería, pues estás tú conmigo» (Sal 23, 4).
 
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