El que desee conocer cada vez mejor a Dios, debe meditar reverentemente sobre Él. Nos arrodillamos, se considera, palabra por palabra, una oración (el padrenuestro o un salmo), un episodio del evangelio o una virtud (la paciencia, el espíritu de servicio o de sacrificio, etc.). Sobre ello hablamos con Dios, y de la consideración y del coloquio divino sacamos claridad, fuerza y amor. Este modo de orar se llama meditación y nadie podrá nunca saber cuánto progreso ha aportado a la humanidad y cuánto bien ha traído al mundo.
Cuando alguien hace meditación de forma regular durante años (o «trata de meditar», corregirá algún meditante), llega un momento en que ya no es capaz de hacerlo. Trata de recoger sus pensamientos y no lo consigue. Y, sin embargo, quiere orar. Su corazón quiere estar con Dios, quiere penetrar en la profundidad divina de la realidad. A veces siente aridez y hasta repugnancia y oscuridad, y sin embargo, hay algo en él que quiere perseverar en la oración. Experimenta muy fuertemente que no obra, sino que otro obra sobre él. A veces es invadido por la plenitud de la paz de Dios. Se siente como arrebatado. El hombre experimenta que Dios está con él.
Esta oración, en que el pensamiento obra menos, se llama oración de quietud. De meditación pasa a ser contemplación. El que persevere por mucho tiempo en la meditación llegará a ese grado. Hay quienes piensan que, aun llegados aquí, han de continuar pensando y fabricando consideraciones. No comprenden que están en otro grado de oración. Un buen director puede prevenir en estos casos mucha confusión y sufrimiento, haciendo ver que no hay retroceso, sino adelanto. No hay que empeñarse ya en conseguir pensamientos y palabras, cuando el alma está sencillamente con Dios.
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LA ORACIÓN DEL CRISTIANO. (9)Oración contemplativa
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