Muchos tienen la costumbre de ofrecer a Dios por la mañana y en forma explícito el día y sus acciones. El hacerlo puede ser realmente bueno, pero sin olvidar que nuestros días y nuestras acciones serán de Dios no por la fórmula de ofrecimiento, ni siquiera por nuestra intención o deseo, sino por la obediencia a la misión más honda de nuestra vida.
Frecuentemente se ajusta mejor al ritmo de nuestra vida una buena oración de la noche que la oración de la mañana. La llegada de la noche es tiempo propicio para meditar, dar gracias a Dios, pedir perdón de nuestras faltas, leer un capítulo de la Sagrada Escritura o de otro buen libro. Para los casados, que comparten su vida, ¿qué razón puede haber que les impida orar juntos a aquel en cuyo nombre se casaron? Puede ser muy bueno formar la oración de la noche, parte de palabras fijas (por ejemplo, un fragmento del evangelio o un salmo), parte de palabras propias, aunque sólo fueran tres o cuatro. Las oraciones sabidas son para gentes muy ocupadas como un lugar de refugio en que encontrar la paz; las palabras propias dan intimidad a la oración.
Además de las oraciones de la mañana y de la noche, hay que mentar la bendición de la mesa. Antes de comer, pedimos la bendición de la comida, y después damos gracias por ella. Es uno de los modos de distinguirse la comida humana, en común, del comer de los animales. No dejemos que esta costumbre se pierda en nuestras familias. Si su práctica se ha descuidado o desaparecido, procuremos restablecerla. La forma no debe orientarse demasiado a los niños. Éstos deben rezar con sus padres, no los padres con los niños.
La santa misa, como hemos visto, no es en primer término una ocasión para hacer oración personal. Sin embargo, durante ella puede haber momentos de tranquilidad, en que — sin apartarnos, naturalmente, de la comunidad — podemos levantar nuestro corazón a Dios con palabras nuestras.
Los ejercicios espirituales pueden ser para muchos una sorpresa y una renovación. Se pide por unos días hospitalidad en un monasterio o en una casa especial de ejercicios, donde se ponen a disposición del ejercitante libros, soledad y hombres que conocen bien el evangelio y los caminos del espíritu. Los ejercicios son especialmente de recomendar cuando uno no está satisfecho de la vida que lleva o hay que tomar una determinación de vital importancia.
