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LA ORACIÓN DEL CRISTIANO. (7)Hay muchos modos de orar

Repasemos ahora brevemente los muchos modos en que se pue­de orar. Quien ama a Dios, le dirá a menudo algo entre día. Como hay muchos que maldicen sin darse cuenta, así hay otros (¿o tal vez los mismos?) que dicen a menudo, dándose cuenta, en su co­razón: «Ayúdame», o bien: «Dame paciencia», o bien: «¡ Gracias !» Son pequeñas manifestaciones de las grandes actitudes fundamen­tales: fe, esperanza y caridad. Hay quienes precisamente en el tráfago ruidoso, en medio de un atasco de la circulación o en una fiesta, se sienten recogidos con la instantaneidad del relámpago en el silencio de Dios.

Puede suceder a la inversa, que quien durante mucho tiempo no haya dicho una palabra a Dios, halle de pronto, en la paz de unas vacaciones, las palabras justas que decirle.
 
Un medio muy sencillo de recogerse es recitar una oración conocida. No despreciemos este modo de orar. En una vida de tráfago las palabras fijas son un apoyo y un estímulo. Así puede uno rezar para sí un padrenuestro y un avemaría. Los dos signos de la cruz al comienzo y al final, son como dos portezuelas entre las que estamos libres para Dios. Hasta los niños pequeños han aprendido a estarse quietos durante el rezo. Ya se entiende que en tal oración vocal no podemos ir pensando en cada una de las pa­labras. Estábamos preparando la comida, los niños se habían pe­leado; en una palabra, había poca ayuda para el recogimiento. Y, sin embargo, el gesto entero ha sido una breve pausa de paz, una indicación de que Dios está entre nosotros, un acto de gratitud.
 
Mayor silencio interior nos procuramos con una oración vocal más larga, tomada, por ejemplo, de un devocionario, o uno o va­rios salmos. Tampoco en este caso es posible pensar siempre en las palabras. Sin embargo, crean una atmósfera de recogimiento, que permite que la luz de Dios brille sobre nuestra vida o que nos hace decir cuan tristes o cuan agradecidos estamos por nuestra existencia.
 
Lo mismo vale decir del rosario. Las palabras son tan bellas y monótonas que nos regalan ese espacio de un cuarto de hora en que podemos estar tranquilos en la presencia de Dios. Nunca se ha intentado naturalmente que pensemos en todas las palabras. Podemos pensar en los misterios, en un niño que nos preocupa, en un vecino moribundo, en una pareja de recién casados o en otro cualquiera por quien queramos rogar.
 
Por la mañana temprano es tiempo privilegiado para orar. Muchos de nosotros nos sentiríamos más felices y emprenderíamos apaciblemente la jornada si nos levantáramos media hora antes. A quien madruga, Dios le ayuda. Y esta ayuda empieza ya a ma­nifestarse con una buena oración.
 
De hecho hay muchos que no hacen nunca la oración de la mañana y, sin embargo, sienten el deber de comenzar el día con Dios. Por ejemplo, para algunos son los «buenos días» algo que Dios escucha. Y es que el amor mutuo viene de Él y a Él va. Pero se puede dirigir también a Dios un breve saludo y unirse a los que tienen tiempo (o se lo toman) para estar por un espacio más largo en la presencia de Dios.
 
«Aclamad al Señor, las tierras todas.
Al Señor servid con alegría,
en su presencia entrad con regocijo.
Sabed que el Señor es Dios,
Él nos ha hecho y suyos somos:
pueblo suyo y rebaño de sus pastos» (Sal 100, 2-3).
 
 

 

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