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LA ORACIÓN DEL CRISTIANO. (6)No puede haber oración desvinculada de nuestra vida

Pero esta oración no debe aislarse de nuestro ordinario queha­cer. No debe ser recoleto parque religioso, al margen de nuestra vida real. Es menester insertar nuestra oración en el ritmo de nuestra vida con todos sus altibajos.

 
No todo tiempo es igual en nuestra existencia. Hay tiempos de crecimiento, en que todo va como una seda. Y hay tiempos de decadencia, cuando no somos reconocidos, nos hacemos viejos, nos desilusionamos o nos ponemos enfermos. Hay tiempos de decisiones nuevas, y los hay de seguir simplemente la rutina. De esta varie­dad de momentos ha de salir espontáneamente nuestro trato con Dios.
 
No pensemos precipitadamente que poseemos ya esta atenta espontaneidad. A todos nos hace falta un aprendizaje. A veces creemos que equivale a orar cuando tenemos gana de hacerlo. Pero la gana no es necesaria. Cuando meditamos en la presencia de Dios sobre cómo vamos a emprender un camino de la vida o cómo tomar una resolución; cuando luchamos con Dios ante una dificul­tad en la fe, y hasta cuando nos sentimos jubilosos y agradecidos —'todo en armonía con nuestra vida real—, puede acaecer que hayamos de empezar por vencer alguna indiferencia o repugnan­cia. Superficialmente mirado, no tenemos ganas de hacer oración. Y, no obstante, la oración forma un todo con nuestra existencia. Brota de nuestra vida real, y conecta con un sentido muy profundo inserto en nosotros. Y hasta puede suceder que, durante la misma oración, sintamos repugnancia, inquietud, vacío interior, distrac­ción, aridez, y, sin embargo, sabemos que debemos perseverar. Todo aquel que quiera orar bien hallará tales dificultades en la oración.
Acaso estas dificultades por establecer el contacto con Dios son las que hacen disminuir el peligro de construirse, al margen de la propia vida, un pequeño mundo religioso, aislado de nues­tra existencia real.
 
La unidad entre nuestra oración y la situación de nuestra vida puede consistir en que a veces nos contentemos con vivir, otras supliquemos a Dios, unas veces le demos gracias y estemos jubi­losos, otras nos admiremos, a veces estemos vigilantes, otras nos lamentemos, otras, finalmente, ni seamos capaces de lamentarnos, tan agobiados estamos. A veces tendremos que vencer una aver­sión o disgusto por las cosas de Dios, que proviene de hastío o cansancio, pero puede proceder también de una conducta con la que no acabamos de romper.
 
A la postre, la disposición interior ha de ser siempre obedien­cia y amor. De ahí dimana todo, hasta nuestra oración de petición.  Sobre esta manera de oración y cómo es oída se habla en los capítulos «El Señor nos enseña a orar» y «Dios».
 
La postura corporal en la oración es expresión de nuestra ac­titud interior, y ésta provoca, a par, aquélla: tan íntimamente uni­dos están lo exterior y lo interior. Ninguna postura está proscrita; pero arrodillarse o estar de pie, por su simetría y ligera incomodi­dad, son símbolos fuertes y eficaces de la prontitud, de la vigilancia y del amor. Sentarse en una sencilla silla junto a la mesa, puede ser a veces postura mejor que tener las piernas cruzadas en un sillón. Por la noche, antes de conciliar el sueño, se halla a veces silencio para meditar y orar. Pero quizá será bueno arrodillarse antes y rezar una oración de la noche. También paseando se puede sentir con todo el corazón el misterio de Dios. Ello depende de muchos factores. Lo cierto es que la postura más cómoda no siem­pre es la mejor. Se trata de encontrar a Dios de la manera más sincera posible.
 

 

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