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LA ORACIÓN DEL CRISTIANO. (5)Dios es siempre más grande

¿Una respuesta? ¿Podemos entonces hablar con Dios? ¿Pode­mos realmente dirigirnos a Él como a una persona?

Lo más profundo que puede decirse sobre la realidad del mun­do es que, en último término, es personal: el amor mutuo es lo más profundo de todo. Lo más profundo que los hombres podemos decir acerca del misterio de los orígenes no es que son una nebu­losa primera, un fluido impersonal, sino alguien a quien podemos tratar de «tú». Como decía el cura de Ars, la mejor manera de tratar con Dios es hablarle como si fuera un hombre. Cristo nos ha hecho posible este trato, al llamar a Dios Abba-, la manera familiar de llamar los niños a su padre. Es más, en Cristo se ha hecho Dios aún más accesible. En el Hijo de Dios se nos aparece Dios con rostro humano.
 
Sin embargo, también hay que advertir que Dios es más que un «tú» humano, más que un «alguien». Cuando pensamos en «al­guien», sólo percibimos un aspecto limitado. De aquí o de allá, de perfil o de frente. Es un alguien limitado, una persona. Mas este «tú», que es Dios, me está presente por todas partes, desde las raíces de mi existencia y de la existencia de los otros. Es la fuente que mana por todos lados y me inunda.
 
Así, puede suceder que no nos dirijamos a Él directamente y, sin embargo, permanezcamos en su presencia: sin palabras, sin pensamientos, con corazón expectante, a fin de no quitar a Dios su grandeza. Él es infinitamente más que una persona, es tan ancho como el océano (e infinitamente más). Lo mismo hay que decir de Cristo, aunque de otro modo. En Él está Dios para nosotros de ma­nera totalmente personal. Y, sin embargo, también Él es más que un hombre. También Él nos inunda por todas partes.  En la oración experimentamos, pues, el misterio de su ser humano o divino.  A la postre, una oración profundamente cristiana sentirá una y otra vez el calor de experimentar que, en la más profunda hondura, aquello que nos sale al paso en todas partes como poderosa conjetura, es una persona. En ninguna parte — así creemos nosotros — puede experimentarse esto de manera más pura que en el corazón abier­to de Jesús de Nazaret, hijo unigénito de Dios
 
¡Señor, enséñanos a orar!
 
Una y otra vez nos sube a los labios la súplica Señor, enséñanos  a orar, pero sobre todo en nuestros días tan azacanados y ruidosos trabajo, visitas, radio, periódicos, tráfico, números, cole­gas, hijos.
 
Señor, ¿cómo hemos de orar? Acaso no dependa de que tenga­mos menos tiempo que los hombres de antaño, que sufrían tan lar­gas jornadas de trabajo.  Es que el ritmo febril de nuestro tiempo nos arrastra.
 
Y hay todavía otra cosa Cuando en tranquilo paseo, en una iglesia en que entramos, en nuestra propia habitación, hablamos contigo, Señor, esta oración no es a menudo nuestra auténtica vida.  Es un mundo aparte al que nos retiramos Nuestra verdadera existencia — así lo sentimos nosotros — tiene por escenario nues­tra familia, nuestro trabajo, los acontecimientos, el progreso de nuestro país y del mundo.  Enséñanos, pues, Señor, cómo podemos hablarte de nuestra auténtica vida, con alegría y sinceridad.
 
Más de uno habrá que quisiera clamar a Dios de esta forma ¿Es que no puede haber una oración relacionada realmente con nuestra vida ordinaria? Una oración que no parezca una dependen­cia marginal — a veces cerrada e inútil — sino que sea una res­puesta efectiva a la primera palabra de Dios, que es mi propia existencia.
 
i Sí, tiene que haberla! Y el camino hacia ella comienza al comprender que nuestra primera y mejor respuesta a Dios es nues­tra vida tal como se desenvuelve: la solicitud por los hijos, nues­tro trabajo, nuestro estudio, nuestro cariño, nuestra constancia y paciencia y, sobre todo, nuestra obediencia a su voluntad.
 
Ha habido santos que han insistido especialmente en que toda nuestra vida es oración Oigamos a Jesús «No todo el que me dice  ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7, 21)
 
Tratar de vivir bien ¿es una oración que basta? Ya es mucho.  Y de hecho hay gentes que a ello quieren limitarse.  Una tarea diaria absorbente deja poco lugar para el recogimiento. No les queda ya tiempo para una oración que les parece apresurada e inauténtica. Creen más en armonía con el misterio infinito de Dios, hacer que su vida sea simplemente la respuesta. Esto es por lo menos sincero.
 
Sin embargo, ¿hasta qué punto es humano y posible estancarse ahí? ¿Es humano no dirigir una palabra a alguien a quien apre­ciamos? ¿ y es posible perseverar así en la fe y obediencia ? En la hora más amarga de su vida, hizo Jesús esta advertencia a sus íntimos discípulos: «Velad y orad, para que no entréis en tenta­ción; el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26, 41).
 
No podemos pasar sin la vigilancia de la oración. De lo con­trario nuestra obediencia degeneraría en capricho. Se volatilizaría el sentimiento de la presencia de Dios, de suerte que, en el mo­mento de prueba, olvidaríamos o despreciaríamos su voluntad. La acción no es posible sin la reflexión, no es posible ampliar sin profundizar a un tiempo; no puede durar el amor sin expresarse. Incluso en la vida de Jesús vimos cómo huía de las turbas que llegaban a Él con sus enfermos para retirarse a orar. Después de la oración se daba cuenta de su misión, que consistía en seguir predicando la buena nueva.
 
También nosotros, y con más razón aún, necesitamos de la oración. Necesitamos hablar con Dios — o intentarlo — desde lo profundo de nuestro corazón. De lo contrarío, corremos riesgo de imaginarnos ser misión nuestra algo que ni siquiera nos atañe. En efecto, nos inclinamos a mirar nuestro trabajo y nuestro amor como más indispensables de lo que realmente son. La oración pue­de enseñarnos que Dios tiene además otros caminos. Orar quiere decir distanciarnos de nuestros propios prejuicios y mirar la exis­tencia a la luz de quien nos hizo merced de ella.
 

 

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