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LA ORACIÓN DEL CRISTIANO. (4)Orar solos

Hay también un modo de orar en silencio De él habla Jesús cuando dice «Pero tú, cuando te pongas a orar, entra en tu apo­sento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te dará la recompensa» (Mt 6, 6).  Y Él mis­mo lo hizo así   en el desierto, entre las fieras, sobre un monte.

 
También nosotros practicamos esta forma de oración. Nos reti­ramos para buscar en la más profunda capa de nuestra existencia Después de un día de «afanosa actividad», el hombre «se recoge» y «el corazón se eleva a Dios».  Pareja oración pertenece a la vida cristiana con el mismo título que la liturgia.  Por la liturgia, nues­tra oración permanece en contacto con la gran corriente viva; por la oración nacida de libre impulso personal, vivimos todo lo que de personal hay entre nosotros y Dios, sin desligarnos de la comunidad.  De no darse esta oración personal, nuestra liturgia quedaría huera y reducida a mero formalismo.
 
También para este modo de rezar vale lo dicho sobre la litur­gia: Dios es el primero que habla. Pues ante todo vino a nosotros su palabra por boca de nuestros educadores y maestros en la fe: el mensaje del evangelio.
 
Esta revelación de Dios fija nuestra atención en el hecho de que Dios empezó a hablar mucho antes. El universo, las plantas,  los hombres — el padre, la madre y los otros — todo ello es un  gesto, una palabra de Dios. Y todavía puedo remontarme más: Mi propia existencia es la primera palabra que me dirige. «En Él vivimos, nos movemos y somos» (Act 17, 28). Esto me lleva muy lejos. Mis padres no me quisieron «a mí». Quisieron un hijo, niño o niña. «A mí» sólo me conoció y quiso Dios.
 
Así que orar significa primeramente advertir con agradecimien­to, por la fe, lo que Dios hace con nosotros. Sólo en segundo lugar quiere decir: intentar darle con todo nuestro corazón una respuesta.
 

 

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