Hay también un modo de orar en silencio De él habla Jesús cuando dice «Pero tú, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te dará la recompensa» (Mt 6, 6). Y Él mismo lo hizo así en el desierto, entre las fieras, sobre un monte.
También nosotros practicamos esta forma de oración. Nos retiramos para buscar en la más profunda capa de nuestra existencia Después de un día de «afanosa actividad», el hombre «se recoge» y «el corazón se eleva a Dios». Pareja oración pertenece a la vida cristiana con el mismo título que la liturgia. Por la liturgia, nuestra oración permanece en contacto con la gran corriente viva; por la oración nacida de libre impulso personal, vivimos todo lo que de personal hay entre nosotros y Dios, sin desligarnos de la comunidad. De no darse esta oración personal, nuestra liturgia quedaría huera y reducida a mero formalismo.
También para este modo de rezar vale lo dicho sobre la liturgia: Dios es el primero que habla. Pues ante todo vino a nosotros su palabra por boca de nuestros educadores y maestros en la fe: el mensaje del evangelio.
Esta revelación de Dios fija nuestra atención en el hecho de que Dios empezó a hablar mucho antes. El universo, las plantas, los hombres — el padre, la madre y los otros — todo ello es un gesto, una palabra de Dios. Y todavía puedo remontarme más: Mi propia existencia es la primera palabra que me dirige. «En Él vivimos, nos movemos y somos» (Act 17, 28). Esto me lleva muy lejos. Mis padres no me quisieron «a mí». Quisieron un hijo, niño o niña. «A mí» sólo me conoció y quiso Dios.
Así que orar significa primeramente advertir con agradecimiento, por la fe, lo que Dios hace con nosotros. Sólo en segundo lugar quiere decir: intentar darle con todo nuestro corazón una respuesta.
