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LA ORACIÓN DEL CRISTIANO. (2)Caminos de la oración

¿Qué palabra, pues, nos dirige Dios?

En el Hijo, que es de la tierra, y, a la par, Hijo del Padre, nos da el Padre acceso a sí mismo He ahí lo primero y más im­portante ver qué modos, qué símbolos nos da Dios en Cristo ¿Qué modos, qué símbolos son éstos? Todo aquello en que encontramos a Jesucristo   nuestro mutuo amor en su Espíritu, la palabra de la Escritura inspirada por su Espíritu, el bautismo y los otros sacramentos, señaladamente el don del pan y del vino.
 
Este último don, la eucaristía, es el corazón de la oración cris­tiana. En ella recibimos a Cristo entero su palabra, su cuerpo, su santo Espíritu En palabra descubrimos cómo hemos de hablar a Dios Su cuerpo sacrificado es la única oblación que podemos ofrecer Su santo Espíritu nos dice qué hemos de decir y pedir, e intercede por nosotros ante Dios con gemidos inefables.
Ahora bien, ¿cómo hemos de cooperar debidamente a la cele­bración de la santa misa? ¿ Cómo debemos orar en el acto que es la culminación de nuestra oración?  Debemos hacer todo lo que de suyo pide la celebración: reunimos, escuchar, conmemorar, dar gracias, ofrecernos juntamente con Cristo, comer y beber del pan y el vino, etc.  En otro capítulo hablaremos de todo ello más por extenso.
 
Pero hay una peculiaridad que queremos poner ya aquí de re­lieve, a saber, que nuestra suprema oración tiene lugar comunitariamente  y no solitariamente La eucaristía es una asamblea.  No es de maravillar que este hecho nos origine dificultades. Éstas proceden de dos causas primero, el rezar y cantar jun­tos nos distrae, y segundo, no nos gustan los demás.  En cuanto a lo primero, supone un error que viene de cuando el altar estaba muy lejos y la lengua era el latín.  En aquellos tiempos, los fieles aprovechaban la misa para orar callada e íntimamente.  Por muy buena que sea tal oración, no es ése el fin primero de la euca­ristía.  La eucaristía no fue pensada para que olvidáramos el ve­cino, sino para que nos sintiéramos solidarios con él.
 
La segunda dificultad es que no aguantamos a los otros. La solución no es retirarnos por completo. Mejor es tratar de enten­der al otro por qué es así, por qué obra así. Consideradas así las cosas, el ir a misa significa todo un quehacer, pero un quehacer encomendado por Cristo.
 
He ahí lo peculiar. La suprema oración, la eucaristía, es al tiempo la reunión del amor. Cuando salimos del ordinario quehacer, cuando nos elevamos a Dios, nos encontramos con nuestro vecino, nuestra mujer, nuestros hijos, nuestro prójimo Tal es el mensaje de Jesús. Por eso, el «yo pecador» al comienzo de la misa es también una petición de que el Señor quebrante nuestra indiferencia y nuestra hostilidad.
 

 

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