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Conciencia y obediencia

Un franciscano de verdad

Querido José Arregi: sé que, en estos momentos, no te sientes solo, pero debes saberlo y muchos nos adentramos en tu drama para compartirlo contigo. El drama viene de lejos y su historia en estos momentos nos recuerda a otros que han vivido similares situaciones.

       A mi no me corresponde juzgar sobre nadie, pero la historia eclesial me enseña que los afectados acaban las más de las veces siendo sometidos, en medio de estremecida impotencia. Quienes “victoriosamente” representan al sistema no parecen mostrar signos de mucho pesar, pero les toca registrar acaso contra su voluntad la tristeza infinita de quienes, “vencidos”, se resignan a no levantar cabeza. El sistema es el sistema, y sus guardianes son sus guardianes, y no dudan en actuar con inalterable gesto. Como decía un experto vaticanista, en los teólogos de la curia romana la ignorancia se muestra en perfecta adecuación con la arrogancia.

      Es por donde quiero acompañarte arrimándome fraternalmente a tu íntima soledad y libertad, porque, como dices en tu carta, “todo ser humano es señor de toda ley religiosa por sagrada que fuere”.

       No te escribo para criticar a la Jerarquía ni recrearme en sus atropellos y contradicciones, aunque tenga que aludir a ella. Es inútil y, tanto como tú, ellos creen que obran en conciencia pero con una diferencia: creen que la verdad de tu conciencia está subordinada a la de ellos; sólo la suya es válida y conforme a la ortodoxia católica.

       No sé si tú, buen conocedor de las Escrituras, me permitirías aplicar las palabras de Jesús: “Os dejo dicho esto para que no os vengáis abajo: os expulsarán de la sinagoga; es más, llegará el día en que os maten pensando que así dan culto a Dios. Harán eso con vosotros porque no nos reconocen ni al Padre ni a mí” (Jn 16,1-4).

       No me extraña que este punto, a quienes lo analizan, les parezca indescifrable. ¿Por qué el sistema se cree con derecho a todo, a desoír la razón, la ciencia, el derecho, la fraternidad, el diálogo, la humildad y al mismo Nazareno?

      No sé por qué me vienen a la mente las palabras del jesuita sin papeles Díez Alegría: “Por parte de la Iglesia el secuestro de Jesús ha consistido en quitarle de en medio para poner en su lugar a la Iglesia. A la operación han ido contribuyendo sobre todo los jerarcas y, en general, los hombres de Iglesia. Naturalmente el secuestro se ha realizado con guante blanco. Para poder llegar a Jesús hay que ir a ellos. (Que, luego, en el fondo casi no es llegar, porque los hombres de Iglesia están siempre al acecho para decirte que ellos dominan tu relación con Jesús y te lo quitan si tú no haces lo que a ellos les da la gana). En lugar de creer vitalmente en Jesús, lo que hay que hacer es entrar en la iglesia, sabiendo que los que allí se mueven son los hombres de iglesia. Ellos mandan. Con ellos hay que entenderse. A ellos hay que obedecer. De lo contrario, no hay Cristo que te valga, porque ellos son los amos y Cristo tiene que estar a lo que ellos digan”.(De su libro “Teología en broma y en serio, DDB, 1975, pp.50-51).

       Me conmueve lo de que “contra tu intención primera”, tienes que abandonar la orden franciscana, hogar y familia tuyos durante 47 años. Pretenden –no sé si con algún temblor de corazón– anular lo que ha dado forma a tu vida, echarte al vacío, para que nadie, ni tú ni tus amigos, sepan lo que has vivido. ¿No habrán leído que por encima del dogma está la persona? “Id a aprender lo que significa corazón quiero y no sacrificio”.

       Tú estas en una Orden, sin la cual tu vida sería otra, no te reconocerías. Y te empujan a salirte, desposeerte y aislarte, como a un leproso. “Agua sucia que contamina a los dentro y los de fuera”, subrayaba el obispo Munilla.

       Está visto que a quien manda y es elegido para ello, se lo prepara para defender los privilegios de una iglesia clerical y asegurar la obediencia y no para anunciar el Evangelio y actuar libremente. A él le mandan y obedece, pero también él manda y es obedecido. Unos y otros, acaso frustrados por la despersonalización, se ven compensados por la erótica del poder. Una huida del yo íntimo que lo deja herido para siempre. Porque la persona está hecha para amar y ser amada y no para mandar y obedecer. Al fín y al cabo, nadie está sobre nadie y sobre todos está la norma del seguimiento del Nazareno, basada en el amor.
       Obedecer sí, y también mandar, pero no mandar como quien ejerce dominio y dispone de otro con ciega voluntad. La autoridad cristiana es una mediación, una ayuda, que se nos da para llegar hasta Dios, mejor conocerle y amarle. La autoridad, comenzando por ella misma, no cierra ninguna puerta, sino que abre las antenas para percibir la voz de Dios, el Evangelio de Jesús que nos habla hoy de múltiples formas. Su misión es no acallar nada que pueda incluir o transmitir el Espíritu de Dios. Con los oídos y el corazón abiertos para escuchar, escuchar, aprender, y descubrir esa verdad divina que llega por el canal secreto de cada ser humano en la peculiaridad de cada época.

       Ahí, en ese escuchar, todos somos hijos de obediencia y se nos acaban las ansias de erigirnos sobre los demás. Dios, no la voluntad de nadie, está presente en todos, nos ama y guía nuestros corazones para que evitemos el envanecimiento y dureza de corazón.    

       La coraza del sistema seca –¡cuántas veces!– las fibras del corazón, de modo que la humanidad , la amistad, la lealtad, la ternura, la compasión, la desgracia y el sufrimiento compartidos resultan extraños para quienes obrando así piensan “cumplir la voluntad de Dios, salvar la ortodoxia y asegurar el bien de la Iglesia”. “¿Quién de los tres se hizo prójimo del asaltado?, pregunta Jesús. Y el jurista : el que tuvo compasión con él. – Anda y haz tu lo mismo” (Lc 10, 25-37).

       Tus entrañas de humano, tu proceder católico, es decir, universal, abierto, creativo, libre, fiel al Evangelio, les da en rostro y no lo toleran por no estar acreditado con sus sellos y autorizaciones. ¿Para qué si no están ellos?

       En un sistema de poder, tan piramidal y absoluto como el de nuestra Iglesia, los funcionarios (del culto, de la teología, de la administración…) saben que, al ser elegidos, no pueden ser ellos ni obrar con autonomía. Entrar en el sistema y ser consagrados por él, equivale a dejar en manos de la autoridad la propia racionalidad y la libertad.

       Intocable es el poder, no la dignidad y derechos de la persona.

       Y donde rige el poder, rige la arbitrariedad; y donde rige el poder absoluto, rige la arbitrariedad absoluta.

      Ibas como sintiendo que te llegaba irreversible el dilema: acatar el mandato o irte. Acatarlo, renegando de ti mismo, bendiciendo los dictados de la autoridad; o irte aguantando incluso que se haga oficial tu traición (ineptitud) para el franciscanismo. Cualquiera de las dos opciones son crueles: ser fiel a tu conciencia y quedarte siguiendo la misma línea a lo mejor no lo ven incompatible con el franciscanismo, pero es desobedecer; irte, admitiendo de alguna manera que denuncias la traición de la Orden al franciscanismo, imposible de admitir por quienes de antemano se alistan con la Orden.

      En todo caso, el traidor, hereje o inepto eres tú.

      Pero, esta es una cuestión de poder, no de doctrina.

      La conexión vertical de este poder cuenta para estos casos con el recurso al voto de obediencia. Sin mayor miramiento se desecha el espacio donde únicamente podría brotar la luz: el argumento, el diálogo, el discernimiento que llevarían a relativizar posturas y consolidar la convivencia fraterna. Pero, el poder en cuanto poder rehúye la razón, teme la crítica, odia al que lo cuestiona, no ama la verdad. Y, presintiendo la derrota, se escuda extrapolando el tema al terreno donde siempre vence: la obediencia.  

      Se somete la voluntad, pero no la inteligencia. El poder no compite en el terreno de la inteligencia: búsqueda, estudio, argumento, rigor, paciencia, moderación, humildad. Son otras sus armas.

      El dilema se hace entonces contundente: dentro o fuera; si dentro, todo; si fuera, nada; si dentro: sumiso, fiel y franciscano con todos los derechos; si fuera: traidor, proscrito y sin derecho alguno. Toda una familia y un hogar tuyos, de años y años, anulados por mandato ejecutado subordinadamente.

       ¿O puede ocurrir querido Arregi que, aunque te nieguen las formalidades jurídicas del franciscanismo, (un franciscano sin hábito, un jesuita sin papeles, un… sin …) te acogerán de por vida y con amor? ¿Cuáles serán los mecanismos secretos que moverán ahora los corazones de quienes han sido tus hermanos? ¿Aplicarán el amor o el anatema?

      Mons. Munilla en reunión con el superior provincial y vicario de los franciscanos de Guipúzcoa, les dijo: “Debéis callar del todo a José Arregi. Yo no puedo, hasta dentro de dos años (hasta que haya tomado las riendas de la diócesis) adoptar directamente esta medida contra él. Pero ahora debéis actuar vosotros. Os exijo que los hagáis. Debéis destinarlo a América a trabajar con los pobres, como “medida de gracia”, como “ocasión de gracia”. Es agua sucia que contamina a todos , a los de fuera de la Iglesia al igual que a los de dentro”. A todos, también a los obispos, nos viene bien confrontarnos con las palabras de Jesús: “Vosotros os las dais de intachables ante la gente, pero Dios os conoce por dentro y ese encumbrarse entre los hombres le repugna a Dios” (Lc 16,15).

      Arregi, antes que profesor de Sagrada Escritura, es persona y, en decir de todos los que lo conocen, se comporta dignamente como tal. No se considera por encima de nadie, tampoco por debajo; no desprecia a nadie y siente respeto por todo el mundo aunque no lo conozca.

       A ese nivel, resulta incomprensible que otro hermano obispo acuda a su superior provincial y vicario para que lo reduzcan a silencio.

      Arregui y Munilla muestran idéntico cuadro de dignidad personal. Entonces, ¿qué es lo que en su interior lleva a Munilla a ejercer su poder sobre Arregi como si de un objeto malvado se tratara?

      Si Munilla piensa que está en la verdad obrando así, desatiende el principio de igualdad interpersonal. Si, además, se excusa de hacerlo él y exige a otros que lo hagan, elude su responsabilidad y, acaso, rehúye su propia conciencia. Si los superiores de Arregi acatan una intromisión episcopal arbitraria, demuestran plegarse al miedo y actuar sin libertad. La responsabilidad les exige ser leales con un miembro de su Orden, cuando otra autoridad lo quiere someter indebidamente. Ninguna persona tiene dominio sobre otra.

       En esto son claras las palabras del Vaticano II: “La personal dignidad y libertad del hombre no encuentra en ninguna ley humana mayor seguridad que la que encuentra en el Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia. Pues este Evangelio proclama y enuncia la libertad de los hijos de Dios, rechaza toda esclavitud, respeta como santa la dignidad de la conciencia y la libertad de sus decisiones, amonesta continuamente a revalorizar todos los talentos humanos en el servicio de Dios y de los hombres. Y, así, la Iglesia proclama los derechos humanos y reconoce y estima en mucho el dinamismo de nuestro tiempo , con el que se promueve estos derechos por todas partes” (GS, 41).

      Prosiguiendo en este nivel, Arregui es profesor de Escritura y, como tal lo acreditan sus estudios, títulos (Licenciado y Doctorado en Teología), clases (en Deusto, Vitoria, Pamplona) y escritos numerosos publicados. Munilla es licenciado en Teología y Espiritualidad y entró enseguida a ejercer de párroco hasta ser nombrado obispo en 2006. En principio, por el currículum, Arregi acredita enseñar y dominar mejor el mundo de la teología.

       En las cuestiones debatidas, a uno y a otro les debe acompañar la competencia de otros teólogos con quienes tratarán de estudiar, dialogar y lograr acuerdos hasta donde se pueda. En ese ámbito, no hay más verdad o mentira (ortodoxia o heterodoxia) que la alcanzada por los métodos del saber exegético y teológico. Ningún teólogo tiene la verdad en exclusiva ni puede sentenciar declarando a otro como hereje.

      En el nivel cristiano las cosas no aparecen tan difíciles si las tomamos del Evangelio y de los primero siglos. Casi hasta pasado el primer milenio, los cristianos tenían claro que la calidad de todos era la misma y se la medía por saber escuchar las palabras de Jesús, aprenderlas y cumplirlas.
       (…)
      Te vas, querido Arregi, sin saber qué será de ti, seguro no obstante de que el Señor te cobijará y estará siempre contigo. Sobre ninguna otra piedra , en efecto, se ha edificado la comunidad eclesial y nadie sino El posee el señorío de nuestra vida.

       El Señor nos hizo así: para ser sinceros, libres y coherentes. Y es lo que te permite dar el paso en paz. Otros pasos no ajustados a tu conciencia te hubieran roído el alma. Es donde hallo, sin pretenderlo, luz y fortaleza para decirte: ¡Bendito seas! La pérdida temida, se te convierte en ganancia: “El que pretenda poner su vida al seguro, la perderá; y, en cambio, el que la pierda, la recobrará” (Lc 17,33).

      Paz, amigo y hermano.
      (…)
      ¿Quién dentro de la Iglesia puede pronunciar anatema sobre otro por tratar de actuar según las pautas y espíritu del Vaticano II?

      La paz del Señor, querido Arregui, es para ti el don y bendición del Señor.

Has hecho, creo, lo que tenías que hacer; brilla en ti la bondad y la honestidad y puedes estar seguro de que, aun “fuera” de la orden franciscana, tú eres franciscano de verdad y lo seguirás siendo para todos nosotros.
       Recibe mi reconocimiento, ternura y estima fraternos.
       Un fuerte abrazo
       
      Benjamín Forcano
     

 

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