LA RELAJACIÓN DE LOS SENTIDOS
La relajación de los sentidos es una cadena para el alma; en cambio, sujetarlos trae la libertad.
Así como después de la puesta del sol llega la noche; así también cuando Cristo se retira del alma le invaden las tinieblas y la destrozan las bestias invisibles.
Así como cuando sale el sol las bestias salvajes se retiran a sus madrigueras, así también Cristo se levanta en el firmamento del alma en oración y se desvanece todo el comercio con el mundo, la amistad de la carne se borra y el intelecto emprende su tarea: la meditación de las cosas divinas.
El intelecto no se limita a poner en práctica la ley espiritual tan solo dentro de los límites temporales, no le basta con cumplir su obra en cierta medida, sino que la extiende hasta la muerte y la liberación del alma. En esto pensaba el profeta cuando decía: ¡Cómo amo tu voluntad Todo el día la estoy meditando (Sal 118,97) Y el día, para él, era todo el curso de la existencia terrestre.Sigue aquí el mismo tema señalando particularmente a las atracciones y distracciones relacionadas con los sentidos. Los sentidos son las "puertas" que nos relacionan con el mundo en que estamos.
Me doy cuenta de cuantos malentendidos puede provocar este tipo de espiritualidad, cuando sus expresiones son entendidas de manera material, equívoca, sin espíritu. Para unos es algo totalmente fuera de lugar, una desencarnación inadmisible, o ¿acaso Cristo no se encarnó?
¿Acaso Dios no hizo bueno todo cuanto creó? El desprecio de los sentidos ¿no es un masoquismo? Para otros, la práctica de estos consejos desde una perspectiva demasiado material, podría llevar realmente a una des-encarnación y una "fuga mundi" movida por el individualismo y el egoismo.
Así como antes he mostrado que el recuerdo de Dios no impide las actividades cotidianas, así también ahora quisiera hacer ver como la sujección de los sentidos no conduce ni debe conducir a una represión malsana.
Luchar contra la distracción de la mente o contra los vicios de la carne, no resulta nada fácil a las fuerzas humanas, a causa de la caída y de los vicios adheridos en el corazón y en las costumbres. Por ello, es mejor no batallar directamente a partir de la fuerza de nuestro voluntad propia, porque me parece que las más de las veces sería batalla perdida; sino más bien intentar cerrar las puertas de la casa, por la "guarda del corazón", conscientes de Dios que nos ama y nos habita con su plenitud.
El medio para llegar a ello es el recuerdo amoroso, la consciencia despierta y firme en la fe, creyendo y sabiendo que Dios realizará sus promesas en nosotros. Dios, que nos ha llamado y redimido con su encarnación, y nos ha donado su Espíritu Santo, el Abogado y Defensor que nos ayuda, ilumina y conduce, no nos dejará nunca si se lo pedimos con total sinceridad.
Entonces veremos que igual que sale el sol después de la tormenta, en nuestro corazón aparece la paz, y las exigencias de los sentidos se aquietan en esa paz que es como la voz interior que nos llama a poseer las insondables riquezas de Cristo, a penetrar en los abismos del Amor divino, el seno del Padre. La guarda del corazón en el recuerdo amoroso de Dios, ayuda al dominio de los sentidos, al aquietamiento del psiquismo desbocado, a tener siempre la casa preparada para la llegada de nuestro Señor que viene sin avisar el día ni la hora.
Entonces sabremos que en nuestra debilidad, se manifiesta su Fuerza, su Virtud, tanto más gloriosa, cuanto más nos hace humildes y abiertos a recibirle como pobres que somos. Y, justamente, cuando reconocemos hasta que punto Él ha sido el fuerte en nuestra debilidad, y hasta que punto su santidad brilla en nuestra obscuridad, en nuestro corazón se abren nuevos horizontes ilimitados, el gozo interior por su Amor alcanza nuevas plenitudes y la profundidad de nuestra acción de gracias crece imparable en un himno que está más allá de las palabras.
Seguimos encarnados en el mundo sin ser del mundo, como Jesús fue el más humano de los humanos, sin estar atado a las esclavitudes que nos causa el pecado.
Así, poco a poco, nuestra consciencia cotidiana se llena de su presencia, nuestros sentidos se purifican y se van unificando con los deseos más hermosos de nuestro corazón. Podemos mirar a los demás con una mirada que sale de la misma mirada que dirigimos al Señor y que va hacia Él a través de todo cuanto contemplamos, para llevarle, presentándole, todo el mundo que nos rodea, en un solo movimiento del corazón.
Los sentidos y los pensamientos se convierten en servidores del Señor, y se complacen en sentir, pensar y obrar todo movidos por su Amor. Aunque nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras obras no tengan nada de extraordinario a los ojos del mundo, seremos interiormente libres, seremos de Dios ¿Qué de más grande podríamos desear?
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