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Antares
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« Respuesta #36 : Junio 21, 2007, 05:45:24 » |
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Para "retomar éste hilo, os pongo aquí una historia que a mi siempre me conmueve...
Romance de la gotita de agua (por una carmelita descalza) Llucià Pou Sabaté
Transcribo un poema escrito por una carmelita descalza de Igualada (Cataluña, España), que ha llenado de consuelo a más de una persona enferma, y que puede servirnos a todos, pues describe la trayectoria de la vida, con momentos de luces y de sombras, pero que al final todo encuentra un sentido en los planes de Dios. Me limitaré a algunos comentarios, en cursiva. En la primera parte, habla de sueños y de infancia, de imaginación y de ganas de vivir, sin codicia que la distraiga del deseo de cumplir la voluntad de Dios, que va naciendo en su alma y que cultivará día a día, pues la vida cristiana puede resumirse en docilidad en dejarse llevar por el Espíritu de Dios:
Pues, he aquí que una vez, una gotita de agua en lo profundo del mar vivía con sus hermanas.
Era feliz la gotita… libre y rápida bogaba por los espacios inmensos del mar de tranquilas aguas trenzando rayos de sol con blondas de espuma blanca.
¡Qué contenta se sentía, pobre gotita de agua, de ser humilde y pequeña, de vivir allí olvidada sin que nadie lo supiera, sin que nadie lo notara!
Era feliz la gotita… ni envidiosa ni envidiada, sólo un deseo tenía, sólo un anhelo expresaba…
En la calma de la noche y al despertar la alborada con su voz hecha murmullo al Buen Dios así rezaba: “Señor, que se cumpla en mí siempre tu voluntad santa; yo quiero lo que Tú quieras, haz de mi cuanto te plazca”… y escuchando esta oración, Dios sonreía… y callaba. Una tarde veraniega durmióse la mar, cansada, soñando que era un espejo de fina y de bruñida un sol de fuego lanzaba sus besos más ardorosos.
Era feliz la gotita al sentirse así besada… el sol, con tiernas caricias, la atraía y elevaba hacia él y, en un momento, transformóla en nube blanda.
Se reía la gotita al ver cuan alto volaba, y, dichosa, repetía su oración acostumbrada: “Cúmplase, Señor, en mí Siempre tu voluntad santa”… al escucharla el Señor se sonreía… y callaba.
(Son momentos de subir, de goce, de sentir entusiasmada que todo se ve de color rosa, que todos los sueños se harán realidad.)
Mas, llegado el crudo invierno la humilde gota de agua, estremecida de frío, notó que se congelaba y, dejando de ser nube, fue copo de nieve blanca.
Era feliz la gotita cuando, volando, tornaba a la tierra, revestida de túnica inmaculada y en lo más alto de un monte posaba su leve planta.
Al verse tan pura y bella llena de gozo rezaba: “Señor, que se cumpla en mí Siempre tu voluntad santa”… y allá, en lo alto del cielo Dios sonreía… y callaba…
(Aquí veo referencias a la vocación al Monte Carmelo vestida ya del hábito -túnica inmaculada-. Una vez vencido el afán de independencia, la entrega a Dios da un gozo de auténtica libertad. Sin embargo, la vocación de cada uno es la importante, lo que quiere Dios es que cumplamos su voluntad, manifestada en primer lugar en los mandamientos, pero –como siguió diciendo Jesús al joven rico- seguirle en las circunstancias en las que nos llama, y decirle que sí. Por tanto no se trata de un “estado de perfección” al que nos subimos y ya está hecho, sino de la “perfección en el propio estado”, ahí dejarse llevar por lo que Dios quiere, en docilidad manifestada en las cosas de cada día, como sigue diciendo la poesía...)
Y llegó la primavera de mil galas ataviada; al beso dulce del sol fundióse la nieve blanca que, en arroyo convertida, saltando alegre cantaba al descender de la altura cual hilo de fina plata.
Era feliz la gotita… ¡cuánto reía y gozaba cruzando prados y bosques en su acelerada marcha! y a su Dios esta oración suavemente murmuraba: “En el cielo y en el mar, en el prado o la montaña, sólo deseo, Señor, cumplir tu voluntad santa”… y Dios, al verla tan fiel, se sonreía… y callaba…
(No es difícil esta oración, cuando todo va según el entusiasmo de esta segunda juventud, en el entusiasmo que da el seguimiento del Amor auténtico... pero llega la cruz, y ahí se demuestra que la santidad no es sólo decir “Señor, Señor” sino cumplir su Voluntad...)
Pero un día la gotita contempló, aterrorizada, la oscura boca de un túnel que engullirla amenazaba, trató de huir, mas en vano, allí quedó encarcelada en tenebrosa mazmorra musitando en su desgracia aquella misma oración que antes, dichosa, rezaba: “Señor, que se cumpla en mí siempre tu voluntad santa… en esta noche tan negra, en esta noche tan larga en que me encuentro perdida Tú sabes lo que me aguarda, yo quiero lo Tú quieras, haz de mí cuanto te plazca”… mirándola complacido Dios sonreía… y callaba…
(En esos momentos de oscuridad, cuando llega la noche, el sufrimiento, la cruz que no esperábamos, la perseverancia junto al Señor, con paciencia, da paz. Y, cuando más negra es la noche, amanece Dios: no hay pena que mil años dure, ni Dios nos prueba por encima de nuestras fuerzas, sino que cuando nos manda una prueba también nos da la gracia para llevarla...)
Pasaron día y noches y pasaron las semanas, pasaron, lentos, los meses y la gota, aprisionada en aquel túnel tan triste iba avanzado en su marcha y… fue feliz la gotita, porque cuando a Dios oraba, sentía una paz muy honda y de sí misma olvidada, vivía para cumplir de Dios la voluntad santa.
Mas, he aquí que, de pronto, quedó como deslumbrada, había vuelto a la luz y se encontró colocada en una linda jarrita que una monjita descalza depositó con amor sobre el ara consagrada.
Presa de dulce emoción la pobre gota temblaba diciendo: “Yo no soy digna de vivir en esta casa, que es la casa de mi Dios y de sus esposas castas”. El Señor que la vio humilde sonreía… y se acercaba…
(En esta parte final, vemos nuestra participación en el sacrificio de la Cruz de Jesús, cuando ponemos todo en la ofrenda y nuestra vida se convierte en sacri-ficio: de “sacra”, sagrado; y “facio”, hacer: hacer sagradas las cosas, introducirlas en Dios, que como decía san Josemaría Escrivá, no hacemos sólo lo que el mito del rey Midas que transformaba todo lo que tocaba en oro, sino que transformamos todo en gloria.)
Empezó la Eucaristía, la gotita que, admirada, los ritos iba siguiendo, sintió que la trasladaban desde la bella jarrita hasta la copa dorada del cáliz de salvación y, con el vino mezclada, en puro arrobo de amor repetía su plegaria: “Señor que se cumpla en mí siempre tu voluntad santa”… y sonreía el Señor, sonreía… y se acercaba…
Llegado ya el gran momento, resonaron las palabras más sublimes que en la tierra pudieron ser pronunciadas, y el altar se hizo Belén en el Vino y la Hostia Santa.
Y… ¿qué fue de la gotita?… ¡Feliz gotita de agua!… Sintió el abrazo divino que hacia Sí la arrebataba mientras, por última vez mansamente suspiraba: “Señor, que se cumpla en mí siempre tu voluntad santa”… y, al escucharla su Dios sonreía… y la besaba con un beso tan ardiente que el “Todo” absorbió a la “nada” y en la sangre de Jesús la dejó transubstanciada…
Esta es la pequeña historia de una gotita de agua que quiso siempre cumplir de Dios la voluntad santa.
(Cuando nos unimos al sacrificio de Jesús y hacemos del día una Misa... es el “Todo” que nos asume y nos perdemos en Él, nos hacemos Cristo, para la Vida de todos...)
Llucià Pou Sabaté
Nació en Gerona en 1960. Licenciado en Historia (Sevilla-Córdoba, 1984). Doctor en Teología en la Universidad de la Santa Cruz (Roma, 1994). Sacerdote desde 1991 (Prelatura del Opus Dei), desempeña su labor especialmente en la pastoral familiar y de la juventud, y actualmente reside en Vic. Profesor de Teología moral; ha publicado en congresos teológicos y colabora en “Catalunya Cristiana”, “Diari de Terrassa”, “La marxa”, y portales de internet (es.catholic.net, mercaba.org, católicos.org, e-cristians.net, almudi.org).
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