Comencé a leerlo hace unos días, lo volví a recomenzar, con sosiego, en unos días de convalecencia.
He visto escritas de un modo nuevo, en sus páginas, algo que presentía, o que tal vez no sabría cómo ponerle palabras.
Nouwen desarrolla un encuentro casual con una pintura de Rembrandt que tiene el mismo título, en una odisea espiritual personal. Inspirado por la pintura, él hábilmente diseca cada sección del poderoso drama del evangelio a la luz de la propia jornada de su vida.
Transcribo solo un par de frases, merece la pena.
Nouwen reflexiona apasionadamente sobre su propia jornada espiritual al venir a estar “más y más consciente de qué tanto tiempo he desempeñado el papel de observador. Durante años él había tratado de conseguir que los estudiantes y los feligreses vieran la importancia de vivir en realidad la vida espiritual, pero “¿me había realmente atrevido alguna vez, yo mismo, a ubicarme en el centro, arrodillarme y permitirme ser sustentado por un Dios perdonador?”
"Cada pequeño paso hacia el centro parecía como una demanda imposible, una demanda que me requería: dejar ir una vez más el querer estar en control, abandonar una vez más el deseo de predecir la vida, morir una vez más al temor de no saber a dónde nos llevará todo y rendirse una vez más al amor que no conoce límites… nunca sería capaz de vivir el gran mandamiento, de amar sin permitirme ser amado sin condiciones o prerrequisitos".