Hace dos días, la Iglesia celebraba el
dies natalis de san Josemaría. He leído este testimonio en Alfa y Omega, y como me ha gustado, aquí lo pongo, porque a más de un@ le gustará también

YO CONOCÍ A UN SANTO
El 26 de junio se cumplió el 32 aniversario de la muerte del Fundador del Opus Dei . Escribe un sacerdote, José Antonio Fernández Recuna, que lo trató y compartió con él muchos momentos. Yo conocí, traté y quise entrañablemente a un santo. Siendo seminarista en Santiago de Compostela, recibí la primera de sus cartas, en la que me animaba a prepararme bien para ser un sacerdote «santo, docto y alegre». Al ser ordenado, me trasladé a Roma para trabajar en una parroquia de la periferia, y poder así costearme los estudios en la Universidad Gregoriana.
Todas las semanas nos reuníamos, en la sede central del Opus Dei , un numeroso grupo de sacerdotes diocesanos procedentes de diversos países. Esperábamos ese día con muchísima ilusión, pues de aquel encuentro fraterno salíamos fortalecidos y renovados para la lucha diaria. En una reunión se nos comunicó que la víspera de Navidad nos recibiría el Padre, como llamábamos familiarmente al fundador del Opus Dei . A pesar de haber pasado cuarenta años, tengo gravados en el corazón y en la mente muchas de las cosas que nos dijo en aquel rato de conversación familiar. Hasta conservo un trozo pequeño de una hoja de agenda con unas letras escritas por él. Era un guión donde había escrito algunas de las ideas que nos quería transmitir en la tertulia y que se le rompió al sacarlo del bolsillo de la sotana. Lo recogí del suelo y lo guardé. Era muy fácil percibir que se trataba del recuerdo de un santo, pues a pesar de su enorme humanidad y naturalidad, no podía esconder su profundísima intimidad con Dios. Dios se transmitía a través de sus palabras, su alegría desbordante y su inmenso cariño.
En una ocasión, antes de viajar a Roma, mi madre me preguntó qué iba a llevar a don Josemaría. Le pedí un sable de mi padre, recién fallecido, que había sido militar. Le expliqué que, en la sede central, en la iglesia de Santa María de la Paz, hay una vitrina en la que se depositan los sables de los fieles de la Obra, que ejercieron carrera militar y que se ordenaron sacerdotes (no era el caso de mi padre, que no perteneció a la Obra y evidentemente no se ordenó sacerdote). Ella me lo entregó con todo su cariño.
Pasaron unos meses y mi madre peregrinó a Roma. Un día, san Josemaría nos recibió a los dos. Después de saludarnos, me preguntó: «¿Has llevado a tu madre a ver el sable de tu padre?» Y añadió que no se marchase sin verlo. Me sorprendió enormemente, pues había pasado mucho tiempo, y él se había visto con cientos de personas, que segurísimo habían tenido detalles con él. ¡Y se acordaba!
Estuvo afectuoso, transmitiendo ánimos a mi madre, y dándonos consejos de padre a los dos. «Las madres - dijo - son muy necesarias para los hijos sacerdotes. Deberían morirse al día siguiente de sus hijos». Fue tal la cordialidad y sencillez, que mi madre terminó dándole unos golpecitos en la espalda y diciéndole: «Cuídese, Padre, que nos hace mucha falta». A lo que él respondió: «No te preocupes, hija, que me cuidan mucho». Al retirarse, mi madre se emocionó, y es de las pocas veces que la vi llorar en mi vida. Aquel hombre de Dios irradiaba algo muy especial que removía el corazón y el alma.
Pasaron días y volví a encontrarme con el Padre. La ocasión fue una fiesta de familia. Tan pronto me vio, se me acercó y preguntó: «¿Qué tal tu madre?» Le dije: «Muy contenta. Me pidió que pusiera por escrito lo que usted nos dijo, pues ella también lo iba a hacer y así nos complementaríamos». Dijo, emocionado: «Es muy maja, muy remaja, y la quiero mucho». Debo decir que mi madre no pertenecía al Opus Dei .
Cabíamos todos en su corazón Realmente, Dios Nuestro Señor, como él había pedido de joven, le había dilatado su corazón. En él cabíamos todos, y éramos queridos con obras y de verdad. Se podrían escribir libros enteros de los detalles de cariño demostrados en la vida diaria y en las circunstancias de la enfermedad, fallecimiento de familiares, adversidades, triunfos y alegrías... Ese gran amor se extendía a todos los cristianos y a la Humanidad entera, pues para él sólo había una raza: la raza de los hijos de Dios, y todos valíamos lo mismo, es decir: la Sangre que Jesucristo derramó por todos los hombres y que él afirmaba ver bullir en cada uno.
El día 26 celebramos el 32 aniversario de su tránsito, el Dies natalis , día de su nacimiento a la eternidad. Hay un capítulo espléndido en la Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II. Se trata del séptimo, acerca del destino de la Iglesia después de la vida terrena. En el número 49 se nos enseña que «la unión de los fieles de la Iglesia peregrina con los que se durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza la comunicación de los bienes espirituales... Ellos (los santos) no dejan de interceder por nosotros ante el Padre... Su preocupación de hermanos ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad».
En esta fe de la Iglesia se fundamenta el culto; la invocación; el trato de amistad con los mejores hijos de la Iglesia, que nos estimulan con su ejemplo y nos ayudan con su intercesión. En esta misma fe se basa nuestra confianza de acudir a san Josemaría, que conserva el corazón dilatado por el amor divino, que acudirá gustoso a interceder por nosotros a Dios y a su Santísima Madre, a la que tanto amó, y nos conseguirá bendiciones del Cielo para vivir a fondo la vida cristiana y la lucha por alcanzar la santidad en medio del mundo.