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Autor Tema: Santidad en la Iglesia universal  (Leído 2665 veces)
Antares
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« Respuesta #15 : Julio 23, 2007, 07:45:35 »

Mamma mía... y despues andamos quejandonos por una ciatca cualquiera...
De verdad que cada vez te das mas cuenta de la categoría humana y sobrenatural que tiene por ahí  la gente...y la verdad es que te ayuda un montón.
Gracias Miriam por contarnoslo. pray ¡¡Nos encomendamos a esa alma.!!
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Laya
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« Respuesta #16 : Agosto 19, 2007, 07:00:27 »

Hoy me ha llegado este artículo sobre santos y mártires.

He recordado este hilo y pensé que os podría gustar. A veces pasa que una se pone "mustia", piensa si realmente "merece la pena" o "tiene sentido" el ir "contra corriente". Entra en juego el planteamiento, ¿Dios se ha equivocado?  ¿Por qué parece que Dios se queda callado?

Me ha gustado mucho esto:
Citar
..como ha señalado Benedicto XVI, nosotros quizá sufrimos ante la paciencia de Dios, pero todos necesitamos de su paciencia. El mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.

Y esto:
Citar
El mundo en el que vivimos, marcado a menudo por el consumismo, por la indiferencia religiosa o por un secularismo cerrado a la trascendencia, aparece muchas veces, para la entrega a Dios, como un desierto no menos inhóspito que el de otros tiempos. Quizá por eso, vivir contra corriente es más necesario que nunca.

Y, me da alegría, vivir en este tiempo, y poder merecer llevar sobre mis hombros este martirio.
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Laya
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« Respuesta #17 : Septiembre 07, 2007, 06:23:17 »

Acabo de leer en el blog este artículo sobre la Madre Teresa y la publicación del último libro en el que se relata algo sobre sus cincuenta años de oscuridad interior.

El simple anuncio del libro, incluso antes de su publicación, ha desencadenado en varios países del mundo un remolino de discusiones, como si en él hubiera revelaciones sin precedentes que lleven a la ruina la imagen de la beata.

A mi que no me extraña nada que la Madre Teresa viviese en esa oscuridad interior... Tampoco que pasase oculta tras una sonrisa.

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virgin
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« Respuesta #18 : Septiembre 07, 2007, 10:39:29 »

Me llama la atención esta frase de ese artículo que comentas Laya:
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Escribe la Madre Teresa a su director espiritual: "He estado a punto de decir No… Me siento como si alguno u otro día se va a partir en mí". "Reza por mí, que no rechace a Dios en esta hora. No quiero, pero temo poder hacerlo".

Una persona con una fe tan grande que tenga este temor. Si ella que estaba tan convencida de lo que hacía, nosotros que valemos bien poco a su lado..., me imagino que nos resultará mucho más difícil la vida de fe.

Ahí se ve lo santa que era y la sencillez para decir las cosas.
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Miriam
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« Respuesta #19 : Septiembre 08, 2007, 04:15:14 »

Me parece que el temor a usar su libertad de decir NO era proporcional a su libertad interior. El camino de y hacia Dios es un camino liberador, que nos libera de todo cuanto creíamos indispensable, hasta de nuestros convencimientos más arraigados, no en el sentido de que nos arrebate nada, sino que simplemente nos abre a una consciencia de libertad y de amor que, precisamente por ello nos permite decir no, nos pone a un paso de la Vida al mismo tiempo que a un paso de la muerte, y no me refiero a la física, por supuesto.

El santo, a la misma presencia de Dios, sabe lo que es el pecado de decir no y sabe que nada le detiene a decirlo, si lo quisiera decir, y Dios en esos momentos no pone ningún caramelo para que compares donde tienes el bien y donde el mal, sino que quiere ser escogido por si mismo, incondicionalmente. Esto, para nuestra naturaleza, resulta duro, y requiere el aceptar de más en más empobrecerse, aceptar desnudamente al Dios desnudo, más allá de cuanto se pueda percibir o agarrar en cualquiera de nuestros niveles personales.... "nada, nada, nada y, al final NADA". En la India dicen algo casi calcado, "Neti, neti, neti" y para afirmar lo mismo...
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Laya
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« Respuesta #20 : Septiembre 12, 2007, 09:47:53 »

(Viene del hilo de libros, recién bautizado "Buscando a Dios en los libros")

No quisiera frivolizar sobre el tema de la santidad, intento hacer que quien lea el hilo, no crea que la santidad es algo inasequible, que ha habido santos que se se han sabido capaces de cometer cualquier pecado durante toda su vida, sino un intento de acercar la santidad a la condición humana, en definitiva, a mi lo que me lleva a escribir en este tema, es la convicción de la llamada universal a la santidad, que toda persona, por el hecho de haber recibido el bautismo está llamada por Dios a ser santa, allí en el lugar en que Dios disponga, con las condiciones personales que cada uno posea.

Recordaba las palabras de San Pablo: "Nos ha elegido antes de la constitución del mundo para que seamos santos e inmaculados en su presencia por el amor". Estas palabras, con la radicalidad que encierran, no son cuestión de unos pocos, nos han llegado a través del apostol de los gentiles, a todas las personas de todos los tiempos.

Si fuésemos capaces de  comprender que todos estamos llamados a dejar de ser mediocres, que el Señor da toda su gracia a quien le deja paso en su alma, aunque tenga todos los defectos del mundo, que eso no es obstáculo para  seguir su llamada...

He conocido  personas con muchas limitaciones, a las que he visto  luchar con esos defectos, con su egoísmo, su pereza, su comodidad,su soberbia, ¡tantas cosas!  por amor a Dios, no por estoicismo, ni por conseguir la corona que se marchita,  y así  un día y otro, un año tras otro, sin ninguna apariencia externa de virtud, no sé si lo logro explicar... He visto también a otros quedarse por el camino, echar la vista atrás e incluso hasta renegar de su fe, a otras menos virtuosas aparentemente seguir adelante, por la senda estrecha.

No sé si me he sabido explicar, en todo caso, espero no haber tratado este tema con frivolidad ni con ligereza, sino con la esperanza de que, no siendo un camino fácil, si que es un camino abierto para todos. No es cuestión de peanas, ni de tener fecha en el calendario, sino de alcanzar la corona que no se marchita, complice
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Miriam
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« Respuesta #21 : Septiembre 12, 2007, 11:12:26 »

Citar

He conocido  personas con muchas limitaciones, a las que he visto  luchar con esos defectos, con su egoísmo, su pereza, su comodidad,su soberbia, ¡tantas cosas!  por amor a Dios, no por estoicismo, ni por conseguir la corona que se marchita,  y así  un día y otro, un año tras otro, sin ninguna apariencia externa de virtud, no sé si lo logro explicar... He visto también a otros quedarse por el camino, echar la vista atrás e incluso hasta renegar de su fe, a otras menos virtuosas aparentemente seguir adelante, por la senda estrecha.


Creo que la cuestión es que frecuentemente se habla de virtud como el equivalente a ser un super... y creo que te aproximas bastante bien a la cuestión.

La santidad no es ser virtuoso según esos conceptos de ser un super, de ser alguien que siempre acierta, que gusta a la gente y los deja boquiabiertos... que experimenta prodigios...  Eso es un concepto de santidad que responde al héroe pagano.

No podemos decir que el Evangelio no nos dice hasta la saciedad que la santidad es la divinidad,  que solo Dios es Santo; y que Dios es Amor, y que es nuestro Padre, y que la santidad "humana" está en el Amor, en que Dios Amor es TODO para nosotros.  y esta santidad, la de Dios, nos viene en que somos hijos de Dios, en el Hijo, porque nadie puede ir al Padre sino es por el Hijo, en el Hijo, el único Hijo. "Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo que vive en mí..."! No nos viene por ser superman.

Si nos ponemos a calibrar la santidad por que no se tengan, o se tengan, defectos, es decir, considerar que se es santo y muy defectuoso, o bien que se es santo porque no se es defectuoso, es mirar hacia un lado, es bailar un vals con la dualidad que nos aleja de mirar a dónde debemos mirar, si queremos saber qué es la santidad.

Miremos a Dios, solo a Dios, y lo sabremos. Porque entonces, podremos mirar a nuestros hermanos, al "prójimo", contemplándoles, no si son santos con o sin defectos, sino como Dios es Santo en ellos, tanto si son muy "virtuosos" como "defectuosos" según las medidas del mundo, porque Dios tiene otra manera de calibrar nuestros corazones.

Y eso mismo también respecto a nosotros. Hay gente que se pasa la vida mirándose el ombligo, examinándose en un prurito de "perfección" y de "lucha" contra sus apetitos y malas inclinaciones, en lugar de mirar a nuestro Padre que nos llama, a Cristo que nos conduce y nos revela el Ser de Dios y nuestro propio ser, en nuestro ser theandrico, divino-humano, porque Jesús, el Hijo, nos ha dado el Espíritu de filiación, que nos hace hijos de Dios, divinizados, no por nuestros defectos o nuestras virtudes, sino por su Gracia y su Amor.

Mirar, ver y contemplar a solo Dios, Ser y vivir en solo Dios... Solo eso es la santidad, y solo eso permite que Cristo se encarne verdaderamente en nosotros y en el mundo a través nuestro, de una manera plena, sin angelismos equívocos, ni relativismos igualmente equívocos.

« Última modificación: Septiembre 28, 2007, 12:15:18 por Miriam » En línea
Laya
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« Respuesta #22 : Septiembre 13, 2007, 09:44:40 »


Pues, Miriam,  me parece que el estereotipo que mencionas tiene encima el peso de los siglos... así que paciencia.

Citar
La santidad no es ser virtuoso según esos conceptos de ser un super, de ser alguien que siempre acierta, que gusta a la gente y los deja boquiabiertos... que experimenta prodigios...  Eso es un concepto de santidad que responde al héroe pagano.


Estoy de acuerdo. Pero hay algo que me llama mucho la atención de las personas santas, algo que los que viven en ese estereotipo, no han pillado y además les descoloca: la alegría.

La alegría que no es la que da la satisfacción de lo inmediato, sino, como muy bien dices, solo la experimentan aquellas personas que se deciden a ser y vivir solo en Dios. 
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Olympia
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« Respuesta #23 : Septiembre 16, 2007, 02:00:16 »

La elegría verdadera es una virtud que depende de saber que quiere Dios de ti, y ser fiel a lo que te pide. Tiene mucho que ver con la aceptación de la realidad. No se trata de no tener problemas, o de tener todo lo material deseable, sino de tener claro que todo lo que te ocurre es poruqe Dios lo quiere. Que incluso lo aparentemente malo: enfermedad, pobreza, difucultades... el Señor lo permite para que estés más cerca de Él, que es lo único importante en la vida. Entonces te sabes privilegiada.
Pero para ener todo esto claro, hace falta hacer oración. Así que creo que sin vida de oración es difícil estar verdaderamente alegre.

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"La lectura hace al hombre completo; la conversación lo hace ágil; el escribir lo hace preciso"
(Francis Bacon)
Laya
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« Respuesta #24 : Septiembre 17, 2007, 10:01:09 »

Me gusta hablar de la alegría porque recuerdo aquel refrán: "un santo triste es un triste santo". No la veo como una alegría fisiológica, o frívola, sino la manifestación externa de un estado interior. De lo que has escrito, Olympia, deduzco que entiendes la alegría como la aceptación de la voluntad de Dios, pero no como una aceptación arrastrando, sino voluntaria, de quien conoce  la voluntad de Dios, y la quiere.

Por lo tanto, esta alegría, virtud, (¿por qué no?) no es un cascabeleo facilón, sino más bien sosegada, profunda, que se nota hasta en una mirada limpia, que atrae, porque nace  de algo querido, que implica una aceptación libre, voluntaria, de cosas que suelen ser muy costosas que muchas veces arrancan lágrimas.

Y ya que me he puesto a hablar de alegría, hoy os cuento un secretillo, mi encuentro personal con Juan Pablo II, mejor dicho, con la mirada de Juan Pablo II. Fué en 1989, en "La Morgal". Había conseguido colarme con una enferma en el lugar privilegiado, que algo tienen que tener los enfermos, que ya tienen bastante con ello. Cuando llegó a mi zona, pude saltarme (todavía no sé como ni por qué) todos los cordones de seguridad y me quedé delante de él. Pude hablarle, pero me quedé muda, solo ví sus ojos mirándome,  aquella mirada que era paz, que chispeaba y amaba a quien veía. Fué un segundo inolvidable. Salí de la misma manera que llegué hasta allí, consciente de que había percibido algo que no podía explicar con palabras.

Puede que alguien que lea esto, piense , ¡fanatismos!. No disfruto en las grandes concentraciones. Sí que me gusta mirar a las personas a los ojos, y, como aquella mirada, no he visto otra en mi vida.

Esa es la alegría de la que intentaba hablar, de la alegría que se transparenta, sin ruido, sin alboroto, sin carcajadas,  porque brota de muy adentro.
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virgin
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« Respuesta #25 : Septiembre 17, 2007, 10:10:28 »

Yo también estuve muy cerca de Juan Pablo II en Roma en la plaza del Vaticano en la Semana Santa de 1984 y la verdad me pasó algo parecido a ti. Aunque no me mirase a mi directamente, era su cara, atraía, es difícil decirlo con palabras. Quizás sea eso, la santidad se veía reflejada en su rostro.

Pienso que Benedicto XVI, también refleja ese rostro de paz, santidad, aunque como personas sean muy diferentes. Pero hay algo en ellos que iradia santidad.
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Miriam
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« Respuesta #26 : Septiembre 28, 2007, 12:36:39 »


Hay en la jerga eclesial desde antiguo dichos diversos, uno muy conocido es el que ha citado Laya de que "un santo triste es un triste santo", cosa totalmente cierta. No porque sea una alegría al estilo de lo que se suele decir alegría: risas o jolgorio, que puede haberlo, sino porque en el santo hasta la tristeza rezuma una paz y serenidad feliz, irradia un gozo invisible que se transmite al corazón y lo renueva.

prm3 ha puesto esto en otro hilo:

Citar

pensar que un santo es una persona perfecta es lo que a mi no me ayuda nada, al contrario me desanima.


Otro dicho dicho de la "jerga" es: "Lo perfecto es enemigo de lo bueno".

La gente que busca la perfección en si misma o en los demás, generalmente es una persona amarga, crítica, insatisfecha, legalista... etc.

Buscar lo bueno es ir por el sendero de los pequeños, de los que no sabemos si acertamos, pero siempre buscando lo mejor en cada momento, aun no sabiendo discernir siempre que es lo mejor. Ya que el discernimiento es una virtud, un don que se va desarrollando a medida que dejamos a Dios ser Él mismo en nosotros y que su Espíritu va poniendo luz en nuestras vidas.

Por esto Dios no nos pide que seamos perfectos a la manera del mundo. Cuando Jesús nos pide: "Sed perfectos como mi Padre del Cielo, que hace llover sobre justos e injustos..." nos está poniendo un modelo de perfección que se basa en la bondad de no hacer distinciones en nuestra caridad. De recibir y amar igual al que nos gusta y al que no nos gusta. En contemplarle a Él tanto en el virtuoso como en el pecador... sin dualismos. Esta es la perfección evangélica, no la pagana, que es la que prima en el mundo.

Y la Iglesia, para canonizar, lo que examina de una persona es si ha asumido en alto grado las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. Por lo menos ésta es la premisa del santo, tanto si está canonizado como si no lo está. Es ese el baremo verdadero de la santidad, no los milagros, los grandes hechos, la popularidad o la personalidad poderosa, así que entre nosotros, cuando hablemos de santos, sepamos que no hablamos de seres perfectos según el paganismo reinante, sino que nos referimos a la santidad según se manifiesta por la profundidad de la caridad y de la fe, que están a la base de toda obra de Dios, ya que seremos juzgados por el amor.
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Kanbei
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« Respuesta #27 : Septiembre 28, 2007, 06:11:36 »

Creo que la santidad desde un punto de vista cristiano, es muy diferente de la santidad tal y como la conciben otras religiones. En la mayoría de las religiones, el concepto de santidad va íntimamente unido a la posesión de virtudes muy altas, a un autoperfeccionamiento de la persona que la eleva por encima de la media. De una manera u otra, en el centro de todo se encuentra el yo, que debe ser perfeccionado, ya sea para alcanzar un estado en la otra vida después de la muerte, ya sea porque se busque interrumpir la cadena de reencarnaciones y diluirse en un Nirvana, o simplemente para merecer un premio o eludir un castigo.

Creo que en el cristianismo, la cuestión es muy diferente, aunque en la Iglesia se haya puesto quizá demasiado el énfasis en la práctica de las virtudes y en la lucha contra los defectos propios, haciendo parecer muchas veces la doctrina de Cristo una mera norma moral, cuando es algo que va mucho más allá. En el cristianismo, al menos en la visión católica, el centro de todo lo ocupa Dios y el prójimo, nunca uno mismo. El yo es un obstáculo que impide abrirse a la trascendencia y a las necesidades del otro. El cristiano debe por tanto despojarse del "hombre viejo" (el yo) para poner en el centro de su vida a Dios, que es Amor. Ese Amor, que no es simplemente un concepto, sino que es algo que se vive, se palpa, el encuentro amoroso con Alguien que nos amó primero y se entregó por nosotros, posibilita la respuesta del hombre, una respuesta que sólo puede ser amor. Esa respuesta amorosa se traduce primordialmente el la práctica del bien al prójimo y la actitud adorante y agradecida a Dios. De ese amor, recibido y dado, se obtiene "por añadidura" una transformación de la persona, que deja de buscar lo propio para entregarse totalmente (de la misma manera que Dios se entregó a los hombres totalmente), por lo que "por añadidura" (es decir, como subproducto o consecuencia no buscada) se obtiene un dominio de sí, la erradicación de la mayor parte de los defectos y la práctica de las virtudes. Lo importante, a mi juicio, es destacar que en el centro de todo está el Amor, la práctica del amor, y que las virtudes no se obtienen por esfuerzo propio, a "fuerza de brazos", sino por amor a Aquel que se nos ha entregado previamente en el amor. Ese amor al Amor nos hace participar de la propia esencia del Amor, nos diviniza.

Un abrazo.
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prm3
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« Respuesta #28 : Septiembre 28, 2007, 08:37:54 »

Creo que la santidad desde un punto de vista cristiano, es muy diferente de la santidad tal y como la conciben otras religiones. En la mayoría de las religiones, el concepto de santidad va íntimamente unido a la posesión de virtudes muy altas, a un autoperfeccionamiento de la persona que la eleva por encima de la media.

Pienso que todos tenemos algo en común y por eso todos seamos de la religión que seamos, mientras seamos fieles a esa religion llegaremos a ser Santos.

A mi me cuesta mucho pensar que los Islamistas siendo fieles y muriendo asesinando a muchas personas porque para ellos somos infieles, puedan llegar a tener el mismo cielo que yo. Pero si son fieles a Mahoma pues ... para ellos eso es ser Santos  complice.

No se a vosotros pero si comparamos nuestra religión Católica con las demas, la nuestra es más fácil (eso no quiere decir que no cueste  risas) - pensar en la circunción, en el ramadán,...
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Miriam
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« Respuesta #29 : Septiembre 28, 2007, 03:42:27 »

Kanbei, estoy de acuerdo contigo en todo, pero encuentro que lo que haces comparando con "otras" religiones, es una generalización que viene de una visión totalmente occidental de la cuestión.

El creer que el santo es el héroe o el super, no es propio de ninguna religión, y en cambio es la visión superficial que se da en todas partes, pero que no viene de la religión en si, sino de la superficialidad de nuestros puntos de vista, en todas partes, que en eso si que se parecen todos.

En cuanto a lo que dices prm3, no sé.... nada es muy claro ahí... De acuerdo que se puede llegar a la santidad en otras religiones, pero pongamos por ejemplo que el buen musulmán no es el "fiel a Mahoma" sino el fiel a Dios, porque Dios es el único que santifica a cristianos o a quien sea.

Con tus otras afirmaciones, bien, son tus opiniones y las respeto, aunque me hace sonreír un poquito el comparar las religiones en lo de fáciles o difíciles... Se podrían dar opiniones para todos los gustos.

Lo fácil o difícil no es la religión... es nuestro corazón, dócil o indómito, en la búsqueda de la Verdad. "Quien busca, encuentra, y a quien llama se le abre".

Puestos a decir "fácil" o "difícil", yo diría que lo difícil es seguir consignas humanas y lo fácil es seguir a Dios, incluso si siempre supone un camino de espinas a causa, no de Dios, sino de nuestra dificultad en andar por la vida con un corazón puro y con un Amor sin sombras, tanto en lo que respecta a Dios como en lo que respecta a nuestra relación con los demás. A muchos la simplicidad les resulta demasiado difícil, "Si no os hacéis como niños..."
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